Pese a las desigualdades y al empobrecimiento que
experimentamos los países de América
Latina, la modernización cultural y la secularización
son procesos irreversibles que van alcanzando paulatinamente
a niñas, niños y adolescentes de casi
todos los estratos sociales.
La pluralidad de la sociedad mexicana
del siglo XXI presenta configuraciones culturales
complejas, dentro de las cuales la familia, la
escuela, las instituciones de salud y las industrias
culturales configuran nuevos sujetos morales.
Lejos de perder sus valores, las nuevas
generaciones muestran un refinamiento y enriquecimiento
de ideales, convergentes a los procesos de modernización;
esos procesos que, según Habermas separan
a la religión, del arte y de la ciencia
y colocan los criterios de la moral, la belleza
y la verdad en esferas distintas. En tal sentido,
las regulaciones religiosas y seculares sobre
la sexualidad no pierden necesariamente su vigencia;
sin embargo, en la actualidad, se están
subordinando a necesidades más pragmáticas.
Transformaciones económicas
estructurales están removiendo las bases
de todo un sistema patriarcal. La erosión
de la autoridad familiar por la autonomía
económica de jóvenes de ambos sexos
que se ven obligados a trabajar abre un margen
de mayor decisión sobre la propia vida
sexual; la necesidad de emigrar para buscar trabajo
extiende las opciones para vivir experiencias
sexuales más diversas; el desempleo obliga
al involucramiento en prácticas para evitar
embarazos, la incapacidad de sostener una familia
lleva a postergar la decisión de casarse,
o por el contrario acelera la decisión
de irse con el novio o de casarse, cuando se visualiza
como única vía para salir del confinamiento
familiar. Sin embargo, los programas de educación
sexual están lejos de las necesidades de
los jóvenes y no han incorporado el conjunto
de transformaciones que se están viviendo
día a día en la vida sexual.
Por el contrario, el currículum
escolar apenas introduce algunas nociones biológicas
de salud reproductiva y prevención de infecciones
de transmisión sexual, y más aún,
hoy se ven influidos por campañas conservadores
de Abstinencia sexual. Se trata de
toda una estrategia articulada en las Cartas Pastorales
regionales que se desprenden del Consejo Pontificio
para la Familia, así como de grupos conservadores
financiados por redes de derecha que ven en la
educación sexual progresista un riesgo
de autonomía individual y colectiva que
puede cambiar las actuales relaciones de poder.
Lejos de reconocer los procesos
actuales, las campañas de abstinencia sexual
subestiman la capacidad de decisión de
los menores de edad, niegan el derecho a la información,
el acceso a dispositivos preventivos y promueven
la ignorancia, justificando la promoción
de la abstinencia, como único camino válido
entre las solteras y solteros. La hostilidad hacia
el placer y la desconfianza en la sexualidad hunden
sus raíces en el paganismo de la edad de
piedra y en las corrientes estoicas de los primeros
siglos de nuestra era. Estos valores alcanzan
su culminación en el ideal cristiano de
la virginidad y se conservan en occidente hasta
nuestros días. La cercanía a los
dioses reclamaba la abstinencia sexual: había
que guardar durante determinados días la
continencia, si se quiere entrar en el templo
y tocar los objetos sagrados. Herederos
del estoicismo, en los relatos bíblicos
se expulsa a Adán del paraíso ante
la transgresión del precepto de la abstinencia
sexual, y en los evangelios, Cristo nace de una
virgen para promover la idea de que el cuerpo
es algo negativo y pecaminoso del cual tiene que
liberarse quien quiera estar en la cercanía
de Dios.
El celibato se concibe como un
estado superior que está por encima del
matrimonio, sacramento menor y concesión
para quienes no pueden contenerse ni prescindir
de la satisfacción de los sentidos. Gracias
a la ilustración, Occidente ha atravesado
largos procesos de secularización y laicidad
que han permitido recuperar las libertades sexuales
hasta llegar a legitimarlas en el siglo XX, dentro
del marco de los derechos humanos. Hoy la política
sexual tiene que fundamentarse en las prácticas
de los y las jóvenes, en los valores de
los ciudadanos mexicanos que votaron por un gobierno
democrático que les permite decidir libremente
sobre su vida sexual.
En la Encuesta Nacional de Juventud
2000 aplicada por el Instituto Mexicano de la
Juventud, 88 por ciento de los jóvenes
cree en la Virgen de Guadalupe y sin embargo,
un 79 por ciento considera que las creencias religiosas
no influyen en las actitudes sobre la sexualidad;
del 55 por ciento que ha tenido relaciones sexuales,
68 se inició entre los 15 y 19 años,
36 con su novio(a) y 40 con su esposo(a), y 95.7
por ciento califica de muy satisfecha y satisfecha
la forma como viven su sexualidad. Además,
52 por ciento ha utilizado métodos anticonceptivos:
56 el condón, 21 el DIU y 16 las píldoras,
y sólo un 1 por ciento, la anticoncepción
de emergencia. 35 por ciento ha aprendido lo más
importante sobre la sexualidad en la escuela,
el 25 por ciento de sus padres, el 20 por ciento
por mí mismo, el 10 por ciento
de los amigos, el 6 por ciento de los medios de
comunicación y el 1 por ciento de la iglesia.
Contrariamente al concepto de fragilidad
de la estructura familiar y la falta
de valores que caracteriza a las nuevas
generaciones, según afirman los grupos
conservadores y líderes de movimientos
de derecha, la encuesta revela que los jóvenes
mexicanos pasan 55 por ciento de su tiempo libre
con su papá, su mamá o sus hermanos,
y sólo un 32 con su novio(a) y amigos;
dedican en promedio 4.8 horas diarias a estar
con la familia, 3 horas con el novio(a) y 2.2
horas con los amigos. 60 por ciento busca en el
noviazgo tener alguien a quien amar y con quien
compartir sentimientos; lo que más valoran
en un hombre es que sea responsable (58 por ciento)
y que no tenga vicios (12 por ciento). Lo que
más valoran en una mujer es que sea responsable
(44 por ciento), y que sea tierna y comprensiva
(14 por ciento), y 78 por ciento confiesa haber
vivido la experiencia del enamoramiento.
Los principales personajes de
su confianza son: para el 72 por ciento los médicos,
para el 67 los maestros, para el 60 los sacerdotes
y 48 por ciento señala a los defensores
de los derechos humanos. (Encuesta Juventud 2000.
Instituto Mexicano de la Juventud/INEGI, México
2000). Pese a las grandes transformaciones de
la vida sexual en las nuevas generaciones, la
promoción de la abstinencia sexual ha sido
experimentada ante la epidemia del SIDA. Recordamos
la campaña Say NO en tiempos
de Ms Reagan en los Estados Unidos, la cual no
logró reducir las prácticas sexuales.
Por numerosos estudios al respecto, hoy sabemos
que la doble moral sexista, la falta de autocontrol
y la agresión sexual están relacionados
con los comportamientos sexuales de riesgo. También
sabemos que los cursos de educación sexual
en que se promueven las prácticas de sexo
protegido junto con la opción de la abstinencia
(alternativa igualmente respetable) logran disminuir
el número de parejas sexuales e incrementar
el uso del condón en forma más continua,
sobre todo cuando los grupos son de menor edad,
cuando se incrementa la autoestima y se propician
expectativas placenteras en las mujeres sobre
el uso del condón (ONUSIDA/ OMS, 1997).
En comparación con estudios
anteriores, hay en las nuevas generaciones una
visión mucho más preventiva y responsable
de la sexualidad, pues hacia finales de los ochentas,
los jóvenes recurrían principalmente
al ritmo, el retiro y el aborto, prácticas
que hoy se reducen a 5, 9 y 10 por ciento respectivamente.
Hoy las regulaciones religiosas
quedan subordinadas al ejercicio de los derechos
sexuales, y más de la mitad de los jóvenes
prefiere aplicar la información científica
que conoce gracias a la escuela y a los medios
de comunicación. La visión de las
y los jóvenes de hoy, no va a poder ser
revertida fácilmente, pese al renovado
entusiasmo que presentan en la región los
grupos conservadores.
Sin embargo, no podemos
cerrar los ojos ante la amenaza en que se encuentran
los derechos sexuales de adolescentes, en la medida
en que representantes de los nuevos movimientos
de derecha, líderes formados principalmente
por el Opus Dei y los Legionarios de Cristo, están
ocupando posiciones clave dentro de las estructuras
del poder público.
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