La jerarquía católica apadrina
el encuentro del poder político y la sociedad
civil para resolver conflictos de salario, empleo,
propiedad de tierra, y otros, que hacen tambalear
cíclicamente la paz de Bolivia.
Esta intervención demuestra
debilidad y dependencia de poderes para resolver
problemas que sólo le competen a la propia
democracia. La participación de la
Iglesia Católica en "la resolución"
-cada vez más difícil- de conflictos,
sociales y políticos tiene en más
de uno a ardientes defensores. La curia amparada
en su supuesto poder espiritual y autoridad moral
"atestigua", "auspicia", "patrocina",
"garantiza" que actores en conflicto
se encuentren en diálogos, muchas veces
falsos, a deponer actitudes tercas y piensen -como
si pudieran hacerlo- en la democracia y en el
bienestar del pueblo boliviano. El llamado está
avalado por peticiones, oraciones y hasta regaños.
¿Quién discutiría tan loable
actitud en circunstancias donde un manto de caos
cubre al país? ¿Quién no
valora la intervención de "los padrecitos"
para ayudar a los prójimos en encontrar
la reconciliación y la paz? Probablemente
nadie. No queremos ser las hijas malagradecidas
de la familia, pero permítanos apelar a
nuestra aspiración de vivir en una democracia
de pantalones largos, en un estado laico respetuoso
de la diversidad y la libertad y a convivir con
mentes no patriarcales ni coloniales para plantear
algunos temas.
La democracia: madre del cordero
Un tema de fondo es la incapacidad de la democracia
y el modelo neoliberal de resolver problemas que
ya estamos hartas de repetir y vivir: la pobreza,
la marginación, la falta de participación,
la corrupción, la impunidad; mientras dichos
aspectos no sean resueltos por propios mecanismos,
no de sobrevivencia, sino de suficiencia, a la
Iglesia Católica le seguirá tocando
apagar incendios cada vez más rabiosos.
Ante este contexto, nos preguntamos si esta democracia
para subsistir necesita de la intervención
divina encarnada en seres humanos, o de un replanteamiento
de sus mecanismos que le permita encarar el futuro
en serio. Una democracia sólida no necesita
más mediaciones para resolver sus conflictos
que principios democráticos basados en
la justicia y la equidad y no en la intervención
espiritual-humana que impide la maduración
de una democracia libre de dogmas de fe. ¿Hasta
cuando esta democracia tendrá que vivir
de "suplencias temporales" como las
que el cura Fernando Rojas plantea cuando justifica
la "facilitación" de la iglesia
en la elección de las Cortes Electorales?
Estado Laico = Estado Democrático
El tema del replanteamiento de los mecanismos
democráticos para hacer de esta democracia
vívida y justa, pasa también por
asumir retos como el cuestionamiento a estados
clericales y la construcción de Estados
laicos que diferencien su propio rol del perteneciente
a las instituciones religiosas. Un Estado laico
es aquel donde los puntos de vista de la Iglesia,
en nuestro caso la Católica, no se ponen
delante de la formulación de las leyes,
nacionales e internacionales, ni en la formación
de políticas relacionadas a la cooperación
para el desarrollo, ni en la resolución
de conflictos sociales; esto supone, por supuesto,
madurez democrática y altos niveles de
eficacia y eficiencia en su administración.
Si bien este principio es difícil de aceptar
para algunos líderes de la Iglesia -en
su creencia de que ocupan un lugar sagrado en
el proceso político- darle un trato privilegiado
a las instituciones religiosas es peligroso para
un proceso político democrático.
"Pero las autoridades eclesiásticas
tienen dificultades en aceptar esto. El principio
de la separación de la iglesia y el Estado
es muy reciente. Hace apenas treinta años
que se aceptó con la "Declaración
sobre la libertad religiosa" del Concilio
Vaticano II. Pero durante más de 17 siglos
-de la conversión de Constantino a 1966-
imperó la creencia que la ley civil debe
adecuarse a las enseñanzas morales de la
iglesia. Por lo tanto es comprensible que los
dirigentes eclesiásticos tiendan a creer
que todavía ocupan un lugar sagrado en
el proceso político. Pero es menos comprensible
que los dirigentes políticos les concedan
ese espacio y los traten como interlocutores privilegiados".
Esta concesión es la prueba fehaciente
de la insuficiencia de esta democracia y de sus
actores políticos.
El estado laico y la cuestión
religiosa
Según datos presentados por Hugo José
Suárez para principios de siglo, se estimaba
que los católicos conformaban un 98.51
por ciento de la población, mientras que
sólo un 1.49 se consideraba "disidente",
el mismo autor sostiene que en el censo general
de 1992, el 80.68 por ciento de la población
se declara católica, el 10.16 por ciento,
evangélica; el 0.93 por ciento, de otras
religiones; el 2.30 por ciento no tiene religión
y el 5.92 por ciento no especifica lo requerido.
"Siguiendo estos datos tenemos una constante
pérdida de fieles de la Iglesia Católica,
y si la proyección siguiera en esa misma
ruta en 30 años tendríamos un equilibrio
de 50 por ciento de católicos y 50 por
ciento de no católicos, incluidas las distintas
opciones de cultos cristianos, otras creencias,
ateos, etc." Según Suárez,
dicha proyección indicaría que la
Iglesia Católica dejó de ser el
único "generador de ofertas religiosas",
que atravesamos una "diversificación
de las posibilidades de fe" y que el "mercado
de las creencias se ha ampliado y extendido considerablemente",
aspectos todos que apuntan al crecimiento de lo
no católico. El crecimiento acelerado de
la condición pluri- religiosa de la sociedad
boliviana, planteada por Suárez, conlleva
a la identificación de varios escenarios
posibles donde, según este autor, tendremos
que desenvolvernos en las próximas décadas.
Uno de esos espacios alerta sobre la "intolerancia
extrema", como una de las peores posibilidades
"en la cual no pueden convivir dos creencias
distintas". Con este panorama, ¿dónde
queda el hecho de que el Estado boliviano se declare
católico en su Constitución? "Si
esta situación continúa así,
los nuevos movimientos religiosos tendrán
una opción de lucha legítima en
busca de iguales condiciones para ejercer su culto
y, por lo tanto, de volver laico y no confesional
al Estado. No obstante, Suárez también
plantea como otro escenario posible -mucho más
auspicioso-: la construcción de un "pacto
laico", donde el respeto, el entendimiento
y la tolerancia sean las reglas de convivencia
entre diferentes. "Esto sólo se logra
en la medida en que el Estado, como organismo
laico y libre de intereses de iglesias particulares,
marca las reglas de juego dentro de las cuales
se regulan las relaciones sociales, y todos los
demás acatan estos parámetros para
su relación tanto con la sociedad en general,
como con las distintas expresiones religiosas".
Por supuesto que la democracia no está
exenta de este ideal, que más que eso tal
vez es cuestión de vida, de futuro. No
quedan dudas respecto a que un Estado laico dice
de la madurez de una democracia libre de injerencias
religiosas de cualquier índole, del principio
de tolerancia básico en una sociedad tan
diversa como la nuestra, de acciones y actitudes
libres de condicionamientos espirituales orientados
al "buen comportamiento", de poder hacer
las cosas por nosotros y nosotras mismas.
¿Católicas por
un Estado laico?
A los que les quedan dudas sobre la pertinencia
de este artículo y sobre que sean mujeres
católicas las que lo escriben, la respuesta
es sencilla: un Estado laico garantizaría
a las mujeres el planteamiento y la ejecución
de políticas públicas respetuosas
de los derechos sexuales y reproductivos y de
la vida de las mujeres; cuestiones que hasta ahora
son el mismo demonio para la Iglesia Católica
y los diseñadores de políticas públicas.
Si no fuera así, no nos explicamos, entonces,
por qué, mientras el aborto inseguro es
la tercera causa de muerte materna en Bolivia,
una de las más altas en América
Latina, no es un asunto discutido como problema
de salud pública y no se toman medidas
concretas al respecto. En este punto, la injerencia
de la Iglesia Católica es evidente y conjura
incluso contra la aplicación de la ley
(Art.266 del Código Penal Boliviano. Aborto
Impune) y contra el derecho de las mujeres a acceder
a abortos que no pongan en riesgo sus vidas. Los
derechos sexuales y reproductivos, la salud y
la vida de las mujeres son cuestiones de democracia,
ligadas íntimamente a la libertad del individuo
de decidir sobre su propio cuerpo como una cuestión
política de ejercicio de derecho que el
Estado debiera estar en las condiciones de garantizar.
Es una cuestión política, no de
sentimientos ni antipatías.
Ivana Calle Rivaz, tiene una
Maestría en Comunicación para el
Desarrollo, activista por los derechos de las
mujeres, articulista sobre temas de género,
y responsable del área de Comunicación
y Medios de Católicas por el Derecho a
Decidir/ Bolivia. El Vaticano y las políticas
públicas de salud reproductiva. Londres,
Reino Unido. Frances Kissling. Catholics For a
Free Choice. Investigador autor de Cuaderno de
Futuro 4. Subjetividad, Religiones y Medios. Programa
de las Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD).
La Paz Bolivia. 1999. Ibid.,p.82. Ibid.,p.95.
Ibid.,p.97
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