Al mismo tiempo que se retira de sus funciones,
el Estado argentino avanza en la intimidad de las
mujeres. Los programas de información sobre
anticonceptivos y su acceso en las instancias públicas
encuentran graves obstáculos para concretarse,
así cómo el cumplimiento de las escasas
excepciones que la legislación reconoce a
la prohibición del aborto.
A las muchas transformaciones
nacionales que exaltaba el spot publicitario Menem
lo hizo habría que añadir
la gradual disolución de las diferencias
entre embrión y niño lograda durante
sus diez años de gestión. Bastaba,
para corroborarlo, con ver algunas de las publicidades
comerciales para el último día de
la madre: en una de ellas un feto con la apariencia
y la conducta de un chico de un año de
edad patea a la joven embarazada cuando no le
presta atención.
Esta confusión se ha instaurado
junto a una jerarquización de las vidas:
la del feto es siempre superior a la de la mujer
y se ignoran como irrelevantes las circunstancias
en que ésta ha concebido o está
gestando. A pesar de la tan mentada apertura
al exterior, en momentos en que se perfeccionan
los métodos anticonceptivos y se puede
incluso abortar sin intervención quirúrgica;
cuando las tecnologías reproductivas permiten
vislumbrar cambios radicales en la noción
de maternidad y paternidad, Argentina aparenta
adherir a una pauta según la cual cada
encuentro heterosexual implicaría la perspectiva
de un hijo.
El impacto en la sociedad argentina
del frenesí antiabortista promovido por
el Vaticano desde la asunción de Juan Pablo
II ilustra una vez más las deficiencias
de una república que permite que un principio
confesional se imponga como norma para la vida
civil. Ese frenesí no tiene precedentes
siquiera dentro de la historia de la Iglesia:
el aborto no forma parte de las cuestiones en
las que rige la infalibilidad papal, y los debates
sobre la condición de persona humana del
feto nunca encontraron una respuesta unívoca.
El aborto era sancionado tradicionalmente no como
homicidio, sino como pecado sexual: se lo interpretaba
como el recurso de una mujer para ocultar su pérdida
de virginidad si era soltera; del adulterio si
era casada. Sólo en 1869 Pío IX
estableció que el aborto en cualquier momento
del embarazo era causa de excomunión.
En el conflicto surgido entre
el episcopado argentino y el entonces embajador
ante el Vaticano Esteban Caselli, a raíz
de la instauración en Argentina del Día
del Niño No Nacido, se llegó a un
punto en que el episcopado se ocupaba de recordar
que la vida a defender es también
la extrauterina. Oblicua admisión de que
el mismo Estado que naturaliza las maternidades
forzadas abandona a su suerte a la madre con sus
hijos ya nacidos, deseados o no.
El derecho al aborto consagrado
en el curso de los años '70 en las legislaciones
de los países occidentales desarrollados,
fue una reivindicación feminista. No se
trataba de blanquear los abortos que
independientemente del sentimiento o la voluntad
de la mujer involucrada servían para eliminar
la prueba de relaciones prohibidas o la mella
al honor familiar. Se reivindicaba un derecho
ganado por mujeres entendidas por primera vez
en la historia como sujetos autónomos,
dueñas de su sexualidad; un derecho inscripto
en la libertad de decidir la maternidad, concebida
como posible opción no como destino o fatalidad
biológica y mucho menos como castigo que
redimiría a la mujer de su posible goce
sexual.
Esa concepción, que dispara
al corazón de la lógica patriarcal,
es la que la actual campaña pro vida
quiere erradicar. En efecto, el modelo social
postulado por la Iglesia tiene como base una célula
familiar dónde la autoridad es masculina
y donde la mujer, definida por su capacidad de
renunciamiento, tiene el rol de parir y criar
a sus hijos. Ese modelo de familia ha estallado
ya en Argentina y en todo el mundo occidental,
y no solamente debido a la pobreza. Confluyen
en su inviabilidad factores sociales múltiples,
entre los cuales no son de desdeñar los
cambios en las relaciones intergeneracionales
y entre mujeres y varones.
Pero el servilismo de la clase
política argentina ante el integrismo católico
ha impedido actualizar la legislación sobre
aborto en la Argentina, que se remonta a 1921,
dónde las excepciones a la ilegalidad del
aborto tienen base eugenésica. Esa actualización
se vería sin embargo habilitada por las
encuestas de opinión: la realizada en octubre
de 1999 entre mujeres de la provincia de Buenos
Aires, indica que un 59% aprueba la despenalización
del aborto en ciertas circunstancias, el 19% en
todos los casos y sólo un 23% quiere prohibirlo
en todo los casos.
Pero incluso respecto a la legislación
vigente se ha retrocedido en la práctica:
asistimos a la eliminación de hecho del
aborto terapéutico. Traiga la orden
del juez y se lo hacemos , es la respuesta
médica ante pedidos de aborto terapéutico
por parte de chicas y mujeres en condiciones gravísimas.
Pero ese juez resulta muy difícil de encontrar.
O a la inversa, el juez ha dado la orden y los
médicos desobedecen. Fue el caso, hace
un año, de la señora María
Ester Aveiro, de la provincia de Misiones, que
debía optar entre continuar con su quinto
embarazo o con su medicación para la epilepsia.
El obispo en persona la comprometió a no
abortar a cambio de ayuda. En la misma
época se conoció el caso de una
niña de 13 años alumna de diferencial,
desnutrida, violada en Trelew, que no quería
seguir con su embarazo: los médicos se
negaron a seguir la indicación del juez
y las autoridades eclesiásticas prometieron
dinero a los padres para impedir que abortara.
Además, las mujeres que acuden a los hospitales
públicos para atenderse de las consecuencias
de un aborto clandestino se exponen a ser denunciadas,
según el riesgoso precedente que sentó
la Corte Suprema de Santa Fe, en agosto de 1998,
al fallar contra Mirta Insaurralde, habitante
de una villa miseria de Rosario, denunciada por
la médica Silvia Cortez, del Hospital Provincial
del Centenario, que la atendió de las consecuencias
de un aborto séptico.
El carácter clandestino
de las prácticas abortivas en la Argentina
obliga a relativizar las cifras, pero se calcula
que hay 700 mil nacimientos y 400 mil abortos
anuales, lo que indica gravísimas dificultades
de las adolescentes y mujeres para evitar embarazos
que no sean deseados; en parte por falta de información,
de formación y recursos para acceder a
anticonceptivos, pero más profundamente
por no sentirse dueñas de su sexualidad
y por no lograr imponer sus propias condiciones
al entablar relaciones con los varones. El aborto
es, después de la septisemia, la segunda
causa de muerte materna: 47 por cada 100 mil nacidos
vivos en el último registro del Ministerio
de Salud, que se remonta a 1996. El 70% de las
mujeres que mueren como consecuencia de abortos
inducidos son pobres. En efecto, para quienes
no disponen de los alrededor de 1000 pesos que
exige como mínimo un aborto inducido realizado
en adecuadas condiciones sanitarias en el circuito
clandestino, la penalización de esa práctica
significa riesgo de muerte.
Parecería lógico
considerar que la gestación y el nacimiento
de un niño son demasiado trascendentes
como para que sean el resultado del azar y mucho
menos de la brutalidad. Cuestionado el supuesto
desvelo por la vida esgrimido por los antiabortistas,
un estudio mencionado en The Nation establece
una relación inversa entre las restricciones
al aborto o su prohibición impuestas por
los gobiernos y las garantías que esos
gobiernos ofrecen al bienestar de los niños.
La autora de ese estudio, Jean Ruth Schroedel,
hubiera encontrado una sólida prueba para
su hipótesis en la Argentina, que ha firmado
la Convención por los Derechos del Niño
y eliminado la Ley del Patronato en las provincias
de Chubut, Mendoza y en la Ciudad de Buenos Aires,
pero dónde no se han implementado todavía
a nivel nacional políticas dirigidas a
garantizar la condición de plenos sujetos
de derecho de niños y adolescentes. Las
políticas de los últimos diez años
extremaron el control sobre las mujeres, pero
no favorecieron la adecuada atención del
embarazo y la maternidad, agravaron la discriminación
laboral de las mujeres en general y de las mujeres
con hijos en particular, y se desentienden de
los riesgos que significa para los niños
nacer de madres que no los desean. En el sistema
escolar y en las instancias de salud pública,
la educación y la prevención son
interferidas por el mismo poder clerical que anatematiza
el aborto en cualquier circunstancia. Salvo la
abstinencia y los métodos naturales,
prácticamente no quedan métodos
anticonceptivos que no sean abortivos para el
criterio eclesiástico.
El Foro de Instituciones de Profesionales
en Salud Mental denunció al gobierno de
la provincia de Buenos Aires por enviar a adolescentes
infractores de la ley a la cárcel de máxima
seguridad para adultos de Magdalena. Precisamente
en la provincia de Buenos Aires el gobernador
Carlos Ruckauf desarrolló su inolvidable
campaña por los derechos de los bebés
(léase fetos) contra los delincuentes (circunscriptos
a los que transgreden las leyes de propiedad).
Su criterio de selección del gabinete,
que pone en evidencia sus vínculos con
la vertiente más tenebrosa del poder político
nacional, la que participó en la guerra
de exterminio de los años '70, así
como la obscena exaltación del linchamiento
y la tortura que impregna en su campaña
pro seguridad (eufemismo por impunidad
policial), constituyen indicadores claros sobre
el respeto y cuidado por la vida ajena de estos
abanderados de los derechos del feto.
Jane Hurst, La historia de las ideas sobre el
aborto en la iglesia católica , folleto
publicado por Católicas por el Derecho
a Decidir.
El artículo 86 del Código
penal argentino dice que el aborto practicado
por un médico diplomado con el consentimiento
de la mujer encinta no es punible si se ha hecho
con el fin de evitar un grave peligro para la
vida y la salud de la madre y si este peligro
no puede ser evitado por otros medios; si el embarazo
proviene de una violación o de un atentado
al pudor cometido sobre una mujer idiota o demente.
Página 12 , 21-10-99
Según el ginecólogo
Roberto Nicholson, el 25% de los abortos clandestinos
tienen complicaciones. En el hospital, médicos,
enfermeros y mucamas se creen con derecho a maltratar
a la paciente que ha abortado. Clarín ,
30-11-99.
La Nación , 20-10-99.
Katha Pollitt, Anti Choice,
Anti Child , The Nation , Nueva York, 15-11-99
(www.thenation.com)
La denominada píldora
del día después es objeto
en la Argentina de una disputa judicial: una jueza
federal de Córdoba ordenó su prohibición,
haciendo lugar al recurso de la ONG pro vida EL
portal de Belén. El Ministerio de
Salud y Acción Social apeló la medida.
Casi simultáneamente, el gobierno de Francia
decidía distribuir gratuitamente esa píldora
en bachilleratos y liceos, como parte de una campaña
de prevención del embarazo en adolescentes.
Ver Página 12 , 22-10 y 8-12-99.
Página 12 , 25-11-99.
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