Se abre el siglo XXI viviendo en sociedades plurales,
en las que las expresiones de la tolerancia y el
respeto a las diferencias son cada vez más
necesarias, si queremos llegar a la tan anhelada
democracia. Estas expectativas se alimentan de la
creciente legitimidad ganada por los derechos humanos
a nivel internacional, legitimidad que supone oposición
a toda discriminación y garantía del
ejercicio de las libertades individuales y de los
derechos civiles. En fin, legitimidad que se opone
a toda manifestación de abuso de poder, crueldad,
tortura o violación de la integridad física
o mental de cualquier persona.
Por otra parte, y como manifestación
clara de que, sea por las causas que fuere, los
procesos sociales generan sus propias tendencias
contrarias, también asistimos a un momento
de creciente presencia pública de posiciones
conservadoras que pretenden imponer sus concepciones
de la moral y la ética a quienes, ejerciendo
su libertad de conciencia, reclaman su derecho
a tomar decisiones responsable y libremente. Estas
posiciones, ancladas en otras épocas, tienen
como objetivo controlar las vidas de las personas
y limitar su autonomía, sobre todo la de
las mujeres, a través de procedimientos
particularmente agresivos y poco respetuosos de
la pluralidad y la ética.
Una de las voces más fuertes
en este proceso es la de la jerarquía conservadora
de la Iglesia Católica. Aunque es indudable
que la religión puede estar y de
hecho lo ha estado al servicio de los derechos
humanos, de la justicia social y del bien común,
la institución eclesiástica ha desvirtuado
estos nobles propósitos. En lo que tiene
que ver con los derechos de las mujeres y los
derechos sexuales y reproductivos de todas las
personas, la Iglesia Católica ha hecho
uso de todos sus recursos para obstaculizar el
ejercicio de estos derechos.
Ante el evidente fracaso de sus
enseñanzas morales entre su propia feligresíapues
las estadísticas demuestran que en países
de mayoría católica altos porcentajes
de la población contravienen las enseñanzas
de los obispos relacionadas con la sexualidad
y la reproducción la jerarquía
conservadora ha convocado a una verdadera cruzada
para influir en las políticas públicas
y de esta manera convertir en ley de los Estados,
sus preceptos morales y sus creencias religiosas.
Desde la Tercera Conferencia sobre
Población y Desarrollo celebrada en El
Cairo en 1994 y la Cuarta Conferencia Mundial
de la Mujer, celebrada en Beijing en 1995, convocadas
por la ONU, los intentos de la Iglesia Católica
por imponer sus concepciones no sólo a
católicas y católicos, sino también
a quienes no profesan esta fe, han sido patentes.
En esas conferencias, quizá por primera
vez en el siglo XX, la Iglesia, en su calidad
espúrea de Estado, fue un notorio actor
político en asuntos de trascendencia nacional
e internacional.
La Santa Sede (no así el
Vaticano) ocupa un asiento en las Naciones Unidas
como Estado no-miembro observador permanente desde
1964. Este estatus, al que se fue colando a partir
de su participación en otras instancias
internacionales, le permite participar en las
Asambleas de la ONU con los mismos privilegios
que los de un Estado nación, a pesar de
que es la representación de una religión,
de que no tiene territorio definido, no tiene
un gobierno propiamente dicho, ni un contingente
de ciudadanos definido: no tiene mujeres, ni niños,
ni problemas con la sexualidad y la reproducción.
Preocupadas por esta situación,
las compañeras de Catholics for a Free
Choice lanzaron la Campaña Internacional
See Change, alrededor de la cual miles de organizaciones
y cada vez más políticos y parlamentarios
europeos, han cuestionado este injusto privilegio,
pues además de ser la única representación
de una religión en la ONU, la Santa Sede
ha aprovechado su estatus para oponerse sistemáticamente
a cualquier medida tendiente a mejorar la salud
sexual y reproductiva y los derechos sexuales
y reproductivos de todas las personas.
Un aspecto muy importante de esta
situación, es la utilización de
la investidura religiosa para posicionarse en
un lugar de privilegio, más allá
de la terrenalidad y por lo mismo de la obligación
de rendir cuentas o estar sujetos al cumplimiento
de ordenamientos civiles. La jerarquía
de la Iglesia Católica ha sabido aprovechar
muy bien estos privilegios: el identificador que
marca el lugar de la delegación del Vaticano
que dice Holy See (Santa Sede), pone a esta delegación,
por lo menos en el nivel simbólico, por
encima de los demás Estados miembros, pues
ninguno tiene el calificativo de santo. Fue precisamente
esta investidura y posición la que le sirvió
al Vaticano para colarse en la ONU a pesar de
que legalmente no cumple los requisitos para ser
parte de esta instancia internacional.
El abuso de poder por parte de
la jerarquía de la Iglesia Católica
no nos sorprende. Esta actitud se manifiesta en
todos los ámbitos de acción de una
estructura jerárquica patriarcal y autoritaria,
que no está sujeta a la rendición
de cuentas ni permite la participación
de su población en la elaboración
de sus enseñanzas, más bien de sus
políticas, diríamos nosotras. Abusar
de la investidura, del carácter religioso
y espiritual que emana de esta institución
es una violación de los derechos humanos
elementales. Así lo demuestran las recientes
denuncias de abuso sexual que surgieron en Boston
y que se han extendido a otros países del
mundo, gracias al proceso de ciudadanización
y secularización que se está dando
en la sociedad civil.
Lo que sí nos sorprende
es que algunos gobiernos del mundo continúen
cediendo a las presiones del Vaticano, que dicho
sea de paso utiliza los mismos métodos
de chantaje y presión que cualquier dictadura
utilizaría, presiones basadas en su poder
económico, su influencia política
y una clara manipulación de las conciencias,
para hacerle creer al mundo que la opinión
de funcionarios, personas con pasiones, ideologías
y posiciones políticas concretas, es palabra
divina.
Por estas razones, le conferimos
tanta importancia a lo dicho por Marta Lamas,
cuando en 1995 decía que la desconstrucción
simbólica y el laicismo son condiciones
imprescindibles para la defensa de los derechos
sexuales y los derechos reproductivos. La desacralización
de las opiniones de nuestra jerarquía es
parte esencial de este proceso. Y la exigencia
de respeto al carácter laico de los Estados,
como única garantía de ejercicio
de los derechos humanos y civiles, en sociedades
diversas y plurales como en las que hoy vivimos.
La pretensión de convertir en normas programáticas
y leyes civiles, preceptos morales que no reflejan
las necesidades, las vivencias y los deseos de
la feligresía católica, es una manifestación
más del abuso de poder.
Como ustedes bien saben, el Estado
mexicano, ha proclamado su carácter laico,
como una reivindicación histórica.
Los detalles se los dejo a los especialistas aquí
presentes. Y aunque en muchas ocasiones ha habido
violaciones a este carácter por parte de
diversos funcionarios, --casi siempre por legisladores
de los sectores más conservadores lidereados
por el PAN-- nunca antes como en este sexenio
hemos asistido a manifestaciones tan claras de
confusión de las creencias religiosas con
el ejercicio de las funciones públicas.
Desde la entrega del crucifijo el día de
la toma de posesión del presidente Fox,
hasta las declaraciones hechas por él en
el marco del Período Especial de Sesiones
de la ONU para evaluar el cumplimiento de la Convención
de los Derechos de la Infancia en Nueva York,
el 9 de mayo pasado, ha habido una serie de hechos
simbólicos en los que la actual presidencia
está implicada, que nos preocupan enormemente.
No podemos aceptar que precisamente en un momento
histórico en el que la demanda social y
política es el respeto al ejercicio de
los derechos humanos y las garantías individuales,
entre los que se inscriben los derechos sexuales
y los derechos reproductivos, el estado mexicano
eche por la borda una tradición laica que
ha tomado en cuenta los avances científicos
y se ha sumado a los consensos internacionales
en materia de políticas públicas
relacionadas con la sexualidad y la reproducción.
Nosotras, las católicas
feministas, hemos enarbolado esta demanda, y exigimos,
por lo tanto, que se preserve el carácter
laico del Estado mexicano. Confiamos en que el
gobierno actual atienda este deseo, que comparten
amplios sectores de la sociedad, y logre vencer
las presiones ultraderechistas poniendo por delante
el bienestar de la población mexicana:
sobre todo de las niñas y los niños
y de las mujeres.
Pero volvamos al marco de las
intenciones en el ámbito internacional.
Los derechos de las mujeres, la sexualidad, la
salud reproductiva y las políticas de población
estuvieron presentes como nunca antes en el escenario
político internacional en el marco de esas
Conferencias Internacionales convocadas por la
ONU. El Vaticano, en clara alianza con los gobiernos
islámicos, alimentó la esperanza
de preservar, convertidos en políticas
públicas, los puntos de vista fundamentalistas
y conservadores sobre el género, la sexualidad
y la reproducción, por tanto tiempo rechazados
por vastísimos sectores de la población
católica y no católica.
Estos puntos de vista, convertidos
en políticas públicas, han ido en
detrimento del bienestar de todas las mujeres
y las familias, de las comunidades y del planeta,
independientemente de sus creencias religiosas.
Toda la ciudadanía está sujeta a
estas leyes. Cada mujer, cada hombre, cada niña
o cada niño puede ser sujeto de la disposición
respectiva, ya se trate de que la Iglesia esté
en contra de todos los anticonceptivos, de que
niegue la anticoncepción de emergencia
a las mujeres que han sido violadas y buscan servicios
en los hospitales católicos, de que emprenda
acciones para hacer ilegal el aborto o volverlo
inasequible, o de que impida los programas de
educación sexual en las escuelas públicas
o se rehúse a proporcionar información
acerca de los condones como medida de prevención
contra la transmisión del VIH/SIDA.
Lo dicho no sugiere que deba prohibirse
a la Iglesia Católica apostólica
y romana o a cualquier otra institución
participar en la vida pública de las naciones,
expresar sus valores o incluso influir en las
políticas públicas. Es correcto
que las voces religiosas sean escuchadas en todos
los debates. Bienvenidas las voces de los obispos
y la feligresía católica, siempre
y cuando respeten las creencias religiosas diferentes
a las suyas y las posiciones morales diversas,
incluso al interior de la misma Iglesia.
En el seno de la Iglesia Católica
han surgido posiciones alternativas que reclaman
el derecho a disentir de las enseñanzas
morales que no han sido declaradas infalibles
y a tomar decisiones serias y responsables ejerciendo
su libertad de conciencia, sin poner en peligro
su fe ni dejar de ser católicas. Esas posiciones
también deben ser escuchadas y tomadas
en cuenta.
No obstante, es responsabilidad
de quienes elaboran políticas públicas,
evaluar las posiciones que defienden las iglesias,
de la misma manera que se evalúan las posiciones
de otras organizaciones sociales. Este principio
ha sido difícil de aceptar para los dirigentes
de la Iglesia Católica. La aceptación
católica del principio de separación
de la iglesia y el Estado es muy reciente. Hace
apenas treinta años que se reconoció
en la Declaración sobre la libertad
religiosa del Concilio Vaticano II. Un hecho
que deja atrás más de 17 siglos
desde la conversión de Constantino
hasta 1966 de creencia inflexible en que
la ley civil debe adecuarse a las enseñanzas
morales de la Iglesia. Así pues, es comprensible
que los dirigentes eclesiásticos aún
tiendan a creer que deben ocupar un lugar privilegiado
(¿sagrado?) en el proceso político.
Reitero que lo que no es comprensible, es que
las y los dirigentes políticos les concedan
tal espacio y los traten como actores privilegiados.
Para evaluar las posiciones que
provienen de grupos religiosos, las legisladoras
y legisladores y otras funcionarias y funcionarios
públicos deben intentar aclarar los siguientes
interrogantes: ¿A quiénes dice representar
el grupo que presenta la propuesta? ¿Representa
verdaderamente el sector que dice representar?
¿Son sus datos exactos y válidos?¿Sus
propuestas de políticas respetan los derechos
de todas las personas en la sociedad y sirven
al bien común? ¿Son propuestas que
respetan las demás religiones, el pluralismo
y la tolerancia? ¿Son viables dichas posiciones?
La historia reciente muestra que
las posiciones de la Iglesia Católica relacionadas
con políticas públicas sobre género,
sexualidad y salud reproductiva no se ajustan
a estos criterios. Los dirigentes de la Iglesia
Católica han optado por no confiar en la
autoridad moral de las mujeres para tomar sus
propias decisiones, y buscan la manera de acabar
todo debate o diálogo respecto a sus derechos
sexuales y reproductivos. Esta negativa es inaceptable
para la mayoría de las y los creyentes
de esta religión, y no es ciertamente el
mejor camino para elaborar políticas públicas,
pues miles de mujeres mueren o son atropelladas
en su dignidad y sus derechos.
Los Estados democráticos
deben asumir, hoy más que nunca, la responsabilidad
que tienen de legislar para una sociedad diversa
y plural y entender que las creencias religiosas
no deben influir la labor pública. El laicismo
es una condición imprescindible para el
ejercicio de los derechos, lo cual proporciona
el sustento para el bienestar de todas las personas.
A los Estados laicos, les corresponde garantizar
la separación entre las Iglesias y el Estado,
a las organizaciones de la sociedad civil nos
corresponde defenderla y exigir que se mantenga.
© Católicas por el
Derecho a Decidir
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