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Declaración de la Red Lationamericana de Católicas por el Derecho a Decidir
ANTE LA ELECCIÓN DEL NUEVO PAPA

Abril del 2005

!!!HABEMUS PAPAM¡¡¡ Esta expresión, que se ha repetido de mil formas y en cientos de lugares del mundo y que podría haber sido un motivo de alegría para las mujeres, creemos las Católicas por el Derecho a Decidir en América Latina, que se ha convertido en una amenaza a la esperanza.

Una amenaza a la esperanza que albergábamos de que el Espíritu Santo, sabio, amoroso y bondadoso eligiera a través de nuestros Cardenales a un Papa comprensivo, dialogante, respetuoso y sobre todo capaz de entender e interpretar los signos de los tiempos que claman por la democratización de la Iglesia y un mayor compromiso con los y las excluidas pobres del mundo.

Tristemente el Cardenal Ratzinger, otrora Prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe, se caracterizó justamente por lo contrario: acalló las voces progresistas y disidentes, cerró espacios para la discusión y proclamó su verdad como la única posibilidad de vivir al interior de esta Iglesia.

Tristemente, al elegirlo, nuestros Cardenales no tomaron en cuenta a las y los millones de feligreses que sufren y a las y los miles que mueren como consecuencia de sus enseñanzas.

Razones nos asisten para temer lo peor. Los documentos que fueron emitidos por el Vaticano bajo su dirección teológica en los últimos años, muestran claramente el pensamiento del Papa Benedicto XVI y no tenemos razones para pensar que habrá cambios en sus enseñanzas. Cambios que sean favorables al clamor de tantas víctimas de la pandemia del VIH-SIDA, de tantas mujeres que enfrentan embarazos indeseados, de la aspiración de las parejas homosexuales que esperan realizar dignamente su compromiso de amor, de las tantas mujeres que anhelan entregar su vida en la consagración al servicio sacerdotal y de tantas personas que no han encontrado en su Iglesia la acogida comprensiva y amorosa que Jesús tuvo en su tiempo.

Sin embargo como mujeres de fe, creemos que otra Iglesia Católica es posible:

- Una Iglesia incluyente, respetuosa de los derechos humanos en su interior, orgullosa de la inmensa diversidad que alberga y del ejercicio de la libertad de conciencia de sus feligreses

- Una Iglesia que se inspire en el Evangelio y denuncie las estructuras de poder que oprimen y generan miseria para la mayoría de los habitantes del planeta y que opte realmente por las y los pobres y excluidos; una Iglesia sencilla y austera, que contribuya eficazmente a la redistribución de la riqueza y a la condonación de la deuda de los países pobres.

- Una Iglesia que escuche y esté atenta a los signos de los tiempos y respete los derechos sexuales y los derechos reproductivos como derechos humanos básicos de todas las personas sin discriminación de ninguna índole; que reconozca los derechos y la plena humanidad de lesbianas y homosexuales y que contribuya con grandeza y respeto a combatir la pandemia del VIH-SIDA.

- Una Iglesia que reconozca los beneficios de la sexualidad responsable, que acoja a los acerdotes casados, que promueva el amor y la responsabilidad en la vivencia de la sexualidad.

- Una Iglesia que respete la libertad religiosa, que asuma su separación del Estado como fiel expresión del respeto a la pluralidad de creencias y valores que existen en cada país y que reconozca humildemente que los estados deben ser laicos y soberanos.

- Una Iglesia que rinda cuentas a su feligresía. Que reconozca sus errores y castigue a quienes abusan de su poder simbólico para violar los derechos humanos, como en el caso del abuso sexual de menores y las violaciones de religiosas, una de las peores vergüenzas de nuestra Iglesia.

- Una Iglesia dirigida por un pastor fiel a las enseñanzas de Jesús, que entienda que la autoridad que le concede la Iglesia Pueblo de Dios, es una exigencia muy grande de humildad y servicio para con su pueblo; un pastor que se comprometa a eliminar todos los rasgos sexistas y discriminatorios hacia las mujeres y que reconozca nuestra dignidad plena de hijas de Dios Padre-Madre.

Nosotras seguiremos trabajando para construir esta Iglesia de hermanas y hermanos, una Iglesia constructora de sentido y de esperanza, comprometida con la justicia y el respeto a los derechos humanos, como lo hemos venido haciendo con tantas y tantos convencidos de que otra Iglesia es posible, como lo anunció el Concilio Vaticano II.

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