Cairo+10
APOYO
DE CDD AL PROGRAMA DE ACCION DE EL CAIRO
4
de diciembre de 2004
RED DE CATOLICAS POR EL DERECHO A DECIDIR EN AMERICA LATINA
En el año 2004 se cumplirán
10 años del compromiso adquirido por 179 países
del mundo en la III Conferencia Conferencia Internacional
sobre Población y Desarrollo (CIPD), celebrada
en El Cairo, Egipto en 1994, para instrumentar un Programa
de Acción de 20 años con el objetivo de
corregir los rumbos del desarrollo hacia uno más
justo y humano, poniendo los derechos de las personas
en el centro de las políticas y los programas.
Este Programa de Acción encierra
la utopía de un desarrollo dirigido a eliminar
las inequidades entre países, regiones y personas:
las inequidades basadas en el género, la clase,
la raza. Un desarrollo que toma en cuenta los vínculos
entre la economía, la población y el medio
ambiente y que se basa en el ejercicio de los derechos
que a todas y a todos nos son comunes.
El Programa sentó pues las bases,
para corregir el rumbo de un desarrollo a todas luces
injusto y dehumanizado que no sólo afecta de
manera drástica las vidas de millones de personas,
sino que pone en riesgo la supervivencia del planeta.
Llamó a tomar en cuenta los derechos y necesidades
de las poblaciones marginadas y excluidas, de los pueblos
indígenas, de los desplazados, de los migrantes.
Erradicar la pobreza y lograr la educación universal
son propósitos que atraviesan el Programa de
Acción, así como eliminar la discriminación
contra las niñas, promover el empoderamiento
de las mujeres y estimular la responsabilidad de los
hombres en las consecuencias de su conducta sexual,
incluyendo la crianza de sus hijas e hijos.
Estos objetivos, fueron retomados por
la Cumbre del Milenio en la cual los países se
acordaron nuevas medidas para reforzar los acuerdos
de El Cairo que impulsa una agenda humanista, inetgarl
y acumulativa en beneficio de la vida, la salud y los
derechos de las mujeres, ratificada también en
la Conferencia Internacional de las Mujeres, celebrada
en Beijing en 1995.
El Programa de Acción de la CIPD
constituye un acuerdo nunca antes visto a favor de la
salud de las mujeres. Este programa afirma los derechos
humanos más elementales: el derecho de todas
las personas a decidir por sí mismas si quieren
tener hijos, cuántos y cuándo tener, el
derecho de toda persona a la salud sexual y reproductiva
sin temor a la enfermedad y la muerte. Es un consenso
global alcanzado con grandes esfuerzos, en el que participaron
delegaciones oficiales de todos los gobiernos, así
como representantes de cientos de organizaciones no
gubernamentales y de la sociedad civil de todo el mundo,
con diversas perspectivas sociales, religiosas y políticas.
En El Cairo, es cierto, se abordaron
algunos de los temas más conflictivos en que
la vida de cada persona se relaciona con las políticas
globales de desarrollo de los gobiernos: la reproducción,
la sexualidad y los derechos de las mujeres. Sin embargo,
las naciones buscaron, mediante categorías que
comprendieran la diversidad mundial de puntos de vista,
y siempre en términos de derechos y responsabilidades,
un acuerdo básico. El grado en que éste
se alcanzó no se había conocido hasta
entonces.
Al reconocer que la salud de las mujeres
es pieza clave de un desarrollo sustentable, El Cairo
convocó a construir un concepto de salud reproductiva
que integre la perspectiva de género a la prestación
de servicios de salud, que ponga en el centro los derechos
de usuarias y usuarios a una atención respetuosa
de su dignidad, opiniones y necesidades, al consentimiento
informado, a recibir científica, veraz y oportunamente
toda la información disponible sobre métodos
anticonceptivos. Un nuevo concepto que considere la
salud reproductiva desde una perspectiva integral, basada
en los derechos reproductivos, que acabe con la coerción
como norma de servicio.
El Programa de Acción de El Cairo,
representa un novedoso paso adelante, pues reconoce
la importancia de la ética, los valores, las
relaciones personales, la sustentabilidad, la erradicación
de la pobreza y, de manera notoria, la relación
entre el empoderamiento de las mujeres y el descenso
de las tasas de fertilidad. En el documento se articula
una amplia visión que coloca la dignidad humana
por encima de las metas demográficas, y la igualdad
de las mujeres y la responsabilidad de los varones por
encima de las políticas de control natal coercitivas.
Actualmente enfrentamos una enorme amenaza
contra este consenso mundial. La amenaza proviene de
uno de los países más poderosos del mundo,
cuya política doméstica y exterior, bajo
la dirección de George W. Bush, opera activamente
contra el derecho a decidir en materia de aborto, contra
la educación de la sexualidad y contra la salud
reproductiva, y restringe con intensidad creciente el
acceso a los servicios de salud reproductiva.
Durante la sesión preparatoria
de la Quinta Conferencia Asia-Pacífico sobre
Población, celebrada en Bangkok en 2003, la delegación
de Estados Unidos afirmó que su país no
ratificará su apoyo al Programa de Acción
de la CIPD, y que esta posición no es negociable.
En declaraciones posteriores y en clara alianza con
el Vaticano, la administración del Presidente
Bush ha instado a suprimir muchos conceptos fundamentales
del Programa de Acción, así como todos
los términos que se refieren a los servicios
de salud reproductiva y a los derechos y la salud sexual
y reproductiva. Por lo que se refiere al aborto, el
gobierno de Bush pretende eliminar el llamdo de atención
para atender el problema de salud pública que
representan los abortos realizados en condiciones de
inseguridad e incorporar, en su lugar, el objetivo de
"minimizar la incidencia del aborto".
Para justificar este rechazo se han
argumentado falsedades acerca del Programa que pueden
ser fácilmente desmentidas con una rápida
mirada al texto original del Programa.
La negativa de la Administración
Bush a respaldar el Programa de Acción de la
CIPD supone una transformación de grandes alcances
en la ya prolongada política norteamericana de
asistencia internacional, y entra en claro conflicto
con las repetidas declaraciones oficiales estadounidenses
a favor de los derechos de las mujeres, la planificación
familiar y los programas de salud relacionados con esos
ámbitos. Equivale, sin duda, a una declaración
de guerra contra la salud de las mujeres.
En este sentido, la medida en que la
Agenda de El Cairo constribuye a aliviar el dolor y
a salvar las vidas de millones de personas no tiene
parangón. No podemos entender porqué un
gobierno que se precia de ser ejemplo de democracia
y líder en la defensa de los derechos humanos,
como el norteamericano, está en contra de aspectos
esenciales de este Programa y se apresta a quebrar el
consenso alcanzado con tanta diligencia y respeto por
las diversidades.
En muchos sentidos, El Cairo fue una
declaración universal de los derechos humanos
relacionados con la población, la sexualidad
y la vida de las mujeres. Fue en verdad extraordinario
que se encontraran las palabras y el consenso para expresar
la conciencia mundial en materias tan controvertidas.
El diálogo y la tensión entre los derechos
y las responsabilidades, el individuo y la comunidad,
las creencias y la conciencia, la salud y la pobreza,
no menos que entre los hombres y las mujeres, se abordaron
en El Cairo con un grado de acuerdo que no se había
conocido hasta entonces.
Los derechos surgen del núcleo
individual, innato e inviolable de cada persona; las
responsabilidades, tienen en su mayoría fundamento
en la comunidad, en la demanda de tratar a los demás
con igual dignidad y derechos, y en la insistencia en
que las consecuencias de todas nuestras acciones deben
medirse por algo más que nuestro provecho individual
o nuestra propia identidad.
Quienes nos identificamos con valores católicos
como la compasión y la justicia, apelamos a su
responsabilidad para que no se ponga en riesgo una base
tan importante para alcanzar la paz mundial.
Confirmamos nuestro apoyo al derecho
de las mujeres a controlar su fertilidad sin temor a
morir. Las muertes y la morbilidad que derivan de la
práctica clandestina y peligrosa del aborto siguen
siendo un grave problema de salud pública en
los países donde el aborto es ilegal e inseguro.
Hacemos un llamado a los gobiernos a reafirmar su apoyo
a la prevención de toda forma de mortalidad materna,
y a incluir en sus planes y políticas la de hacer
del aborto una práctica segura.
Rechazamos, además, la pretensión
de cualquier gobierno, incluso del más poderoso,
de imponer sus políticas a otras naciones mediante
demandas unilaterales, o de eludir, ignorar o violar
los procesos democráticos que conducen a acuerdos
y compromisos internacionales.
Hacemos un llamado a la Organización
de las Naciones Unidas y a todas sus agencias -especialmente
el FNUAP y la Organización Mundial de la Salud-,
bajo cuyo patrocinio se redactó y acordó
el Programa de Acción de la CIPD de 1994, así
como a las organizaciones internacionales y nacionales
y a todos los gobiernos del mundo que apoyan el Programa
de Acción, para que lo ratifiquen y mantengan
un firme apoyo a todos sus objetivos cada vez que se
vea amenazado, y que lo hagan mediante declaraciones
públicas, participación activa en encuentros
regionales e internacionales sobre población
y desarrollo, financiamiento continuo, apoyo a las políticas
y programas, y contribuciones en asistencia técnica.
Por ultimo, instamos a todos los gobiernos
del mundo a confirmar y acentuar en sus países
su compromiso de aportar recursos y conceder prioridad
creciente a las políticas y programas diseñados
para alcanzar los propósitos y objetivos de la
III Conferencia Internacional sobre Población
y Desarrollo de 1994, como un paso necesario para alcanzar
los Objetivos de Desarrollo del Milenio.
RED LATINOAMERICANA DE CATOLICAS POR
EL DERECHO A DECIDIR
Nazaré Paulista, Sao Paulo, Brasil, Diciembre
4 de 2003
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