La defensa del laicismo
desde una perspectiva ética católica y
feminista
Por María Consuelo Mejía, México
Se abre el siglo XXI viviendo en sociedades plurales,
en las que las expresiones de la tolerancia y el respeto
a las diferencias son cada vez más necesarias,
si queremos llegar a la tan anhelada democracia. Estas
expectativas se alimentan de la creciente legitimidad
ganada por los derechos humanos a nivel internacional,
legitimidad que supone oposición a toda discriminación
y garantía del ejercicio de las libertades individuales
y de los derechos civiles. En fin, legitimidad que se
opone a toda manifestación de abuso de poder,
crueldad, tortura o violación de la integridad
física o mental de cualquier persona.
Por otra parte, y como manifestación clara de
que, sea por las causas que fuere, los procesos sociales
generan sus propias tendencias contrarias, también
asistimos a un momento de creciente presencia pública
de posiciones conservadoras que pretenden imponer sus
concepciones de la moral y la ética a quienes,
ejerciendo su libertad de conciencia, reclaman su derecho
a tomar decisiones responsable y libremente. Estas posiciones,
ancladas en otras épocas, tienen como objetivo
controlar las vidas de las personas y limitar su autonomía,
sobre todo la de las mujeres, a través de procedimientos
particularmente agresivos y poco respetuosos de la pluralidad
y la ética. Una de las voces más fuertes
en este proceso es la de la jerarquía conservadora
de la Iglesia Católica. Aunque es indudable que
la religión puede estar -y de hecho lo ha estado-
al servicio de los derechos humanos, de la justicia
social y del bien común, la institución
eclesiástica ha desvirtuado estos nobles propósitos.
En lo que tiene que ver con los derechos de las mujeres
y los derechos sexuales y reproductivos de todas las
personas, la Iglesia Católica ha hecho uso de
todos sus recursos para obstaculizar el ejercicio de
estos derechos.
Ante el evidente fracaso de sus enseñanzas
morales entre su propia feligresía -pues las
estadísticas demuestran que en países
de mayoría católica altos porcentajes
de la población contravienen las enseñanzas
de los obispos relacionadas con la sexualidad y la
reproducción - la jerarquía conservadora
ha convocado a una verdadera cruzada para influir
en las políticas públicas y de esta
manera convertir en ley de los Estados, sus preceptos
morales y sus creencias religiosas.
Desde la Tercera Conferencia sobre Población
y Desarrollo celebrada en El Cairo en 1994 y la Cuarta
Conferencia Mundial de la Mujer, celebrada en Beijing
en 1995, convocadas por la ONU, los intentos de la
Iglesia Católica por imponer sus concepciones
no sólo a católicas y católicos,
sino también a quienes no profesan esta fe,
han sido patentes. En esas conferencias, quizá
por primera vez en el siglo XX, la Iglesia, en su
calidad espúrea de Estado, fue un notorio actor
político en asuntos de trascendencia nacional
e internacional.
La Santa Sede (no así el Vaticano) ocupa un
asiento en las Naciones Unidas como Estado no-miembro
observador permanente desde 1964. Este estatus, al
que se fue colando a partir de su participación
en otras instancias internacionales, le permite participar
en las Asambleas de la ONU con los mismos privilegios
que los de un Estado nación, a pesar de que
es la representación de una religión,
de que no tiene territorio definido, no tiene un gobierno
propiamente dicho, ni un contingente de ciudadanos
definido: no tiene mujeres, ni niños, ni problemas
con la sexualidad y la reproducción.
Preocupadas por esta situación, las compañeras
de Catholics for a Free Choice lanzaron la Campaña
Internacional See Change, alrededor de la cual miles
de organizaciones y cada vez más políticos
y parlamentarios europeos, han cuestionado este injusto
privilegio, pues además de ser la única
representación de una religión en la
ONU, la Santa Sede ha aprovechado su estatus para
oponerse sistemáticamente a cualquier medida
tendiente a mejorar la salud sexual y reproductiva
y los derechos sexuales y reproductivos de todas las
personas.
Un aspecto muy importante de esta situación,
es la utilización de la investidura religiosa
para posicionarse en un lugar de privilegio, "más
allá" de la terrenalidad y por lo mismo
de la obligación de rendir cuentas o estar
sujetos al cumplimiento de ordenamientos civiles.
La jerarquía de la Iglesia Católica
ha sabido aprovechar muy bien estos privilegios: el
identificador que marca el lugar de la delegación
del Vaticano que dice Holy See (Santa Sede), pone
a esta delegación, por lo menos en el nivel
simbólico, por encima de los demás Estados
miembros, pues ninguno tiene el calificativo de santo.
Fue precisamente esta investidura y posición
la que le sirvió al Vaticano para colarse en
la ONU a pesar de que legalmente no cumple los requisitos
para ser parte de esta instancia internacional.
El abuso de poder por parte de la jerarquía
de la Iglesia Católica no nos sorprende. Esta
actitud se manifiesta en todos los ámbitos
de acción de una estructura jerárquica
patriarcal y autoritaria, que no está sujeta
a la rendición de cuentas ni permite la participación
de su población en la elaboración de
sus enseñanzas, más bien de sus políticas,
diríamos nosotras. Abusar de la investidura,
del carácter religioso y espiritual que emana
de esta institución es una violación
de los derechos humanos elementales. Así lo
demuestran las recientes denuncias de abuso sexual
que surgieron en Boston y que se han extendido a otros
países del mundo, gracias al proceso de toma
de conciencia ciudadana y secularización que
se está dando en la sociedad civil.
Lo que sí nos sorprende es que algunos gobiernos
del mundo continúen cediendo a las presiones
del Vaticano, que dicho sea de paso utiliza los mismos
métodos de chantaje y presión que cualquier
dictadura utilizaría, presiones basadas en
su poder económico, su influencia política
y una clara manipulación de las conciencias,
para hacerle creer al mundo que la opinión
de funcionarios, personas con pasiones, ideologías
y posiciones políticas concretas, es palabra
divina.
Por estas razones, le conferimos tanta importancia
a lo dicho por Marta Lamas, cuando en 1995 decía
que la deconstrucción simbólica y el
laicismo son condiciones imprescindibles para la defensa
de los derechos sexuales y los derechos reproductivos.
La desacralización de las opiniones de nuestra
jerarquía es parte esencial de este proceso.
Y la exigencia de respeto al carácter laico
de los Estados, como única garantía
de ejercicio de los derechos humanos y civiles, en
sociedades diversas y plurales como en las que hoy
vivimos. La pretensión de convertir en normas
programáticas y leyes civiles, preceptos morales
que no reflejan las necesidades, las vivencias y los
deseos de la feligresía católica, es
una manifestación más del abuso de poder.
Como ustedes bien saben, el Estado mexicano, ha proclamado
su carácter laico, como una reivindicación
histórica. Los detalles se los dejo a los especialistas
aquí presentes. Y aunque en muchas ocasiones
ha habido violaciones a este carácter por parte
de diversos funcionarios, --casi siempre por legisladores
de los sectores más conservadores liderados
por el PAN-- nunca antes como en este sexenio hemos
asistido a manifestaciones tan claras de confusión
de las creencias religiosas con el ejercicio de las
funciones públicas. Desde la entrega del crucifijo
el día de la toma de posesión del presidente
Fox, hasta las declaraciones hechas por él
en el marco del Período Especial de Sesiones
de la ONU para evaluar el cumplimiento de la Convención
de los Derechos de la Infancia en Nueva York, el 9
de mayo pasado, ha habido una serie de hechos simbólicos
en los que la actual presidencia está implicada,
que nos preocupan enormemente. No podemos aceptar
que precisamente en un momento histórico en
el que la demanda social y política es el respeto
al ejercicio de los derechos humanos y las garantías
individuales, entre los que se inscriben los derechos
sexuales y los derechos reproductivos, el estado mexicano
eche por la borda una tradición laica que ha
tomado en cuenta los avances científicos y
se ha sumado a los consensos internacionales en materia
de políticas públicas relacionadas con
la sexualidad y la reproducción.
Nosotras, las católicas feministas, hemos
enarbolado esta demanda, y exigimos, por lo tanto,
que se preserve el carácter laico del Estado
mexicano. Confiamos en que el gobierno actual atienda
este deseo, que comparten amplios sectores de la sociedad,
y logre vencer las presiones ultraderechistas poniendo
por delante el bienestar de la población mexicana:
sobre todo de las niñas y los niños
y de las mujeres.
Pero volvamos al marco de las intenciones en el ámbito
internacional. Los derechos de las mujeres, la sexualidad,
la salud reproductiva y las políticas de población
estuvieron presentes como nunca antes en el escenario
político internacional en el marco de esas
Conferencias Internacionales convocadas por la ONU.
El Vaticano, en clara alianza con los gobiernos islámicos,
alimentó la esperanza de preservar, convertidos
en políticas públicas, los puntos de
vista fundamentalistas y conservadores sobre el género,
la sexualidad y la reproducción, por tanto
tiempo rechazados por vastísimos sectores de
la población católica y no católica.
Estos puntos de vista, convertidos en políticas
públicas, han ido en detrimento del bienestar
de todas las mujeres y las familias, de las comunidades
y del planeta, independientemente de sus creencias
religiosas. Toda la ciudadanía está
sujeta a estas leyes. Cada mujer, cada hombre, cada
niña o cada niño puede ser sujeto de
la disposición respectiva, ya se trate de que
la Iglesia esté en contra de todos los anticonceptivos,
de que niegue la anticoncepción de emergencia
a las mujeres que han sido violadas y buscan servicios
en los hospitales católicos, de que emprenda
acciones para hacer ilegal el aborto o volverlo inasequible,
o de que impida los programas de educación
sexual en las escuelas públicas o se rehúse
a proporcionar información acerca de los condones
como medida de prevención contra la transmisión
del VIH/SIDA.
Lo dicho no sugiere que deba prohibirse a la Iglesia
Católica apostólica y romana -o a cualquier
otra institución- participar en la vida pública
de las naciones, expresar sus valores o incluso influir
en las políticas públicas. Es correcto
que las voces religiosas sean escuchadas en todos
los debates. Bienvenidas las voces de los obispos
y la feligresía católica, siempre y
cuando respeten las creencias religiosas diferentes
a las suyas y las posiciones morales diversas, incluso
al interior de la misma Iglesia.
En el seno de la Iglesia Católica han surgido
posiciones alternativas que reclaman el derecho a
disentir de las enseñanzas morales que no han
sido declaradas infalibles y a tomar decisiones serias
y responsables ejerciendo su libertad de conciencia,
sin poner en peligro su fe ni dejar de ser católicas.
Esas posiciones también deben ser escuchadas
y tomadas en cuenta.
No obstante, es responsabilidad de quienes elaboran
políticas públicas, evaluar las posiciones
que defienden las iglesias, de la misma manera que
se evalúan las posiciones de otras organizaciones
sociales. Este principio ha sido difícil de
aceptar para los dirigentes de la Iglesia Católica.
La aceptación católica del principio
de separación de la iglesia y el Estado es
muy reciente. Hace apenas treinta años que
se reconoció en la "Declaración
sobre la libertad religiosa" del Concilio Vaticano
II.
Un hecho que deja atrás más de 17 siglos
-desde la conversión de Constantino hasta 1966-
de creencia inflexible en que la ley civil debe adecuarse
a las enseñanzas morales de la Iglesia. Así
pues, es comprensible que los dirigentes eclesiásticos
aún tiendan a creer que deben ocupar un lugar
privilegiado (¿sagrado?) en el proceso político.
Reitero que lo que no es comprensible, es que las
y los dirigentes políticos les concedan tal
espacio y los traten como actores privilegiados.
Para evaluar las posiciones que provienen de grupos
religiosos, las legisladoras y legisladores y otras
funcionarias y funcionarios públicos deben
intentar aclarar los siguientes interrogantes: ¿A
quiénes dice representar el grupo que presenta
la propuesta? ¿Representa verdaderamente el
sector que dice representar? ¿Son sus datos
exactos y válidos?¿Sus propuestas de
políticas respetan los derechos de todas las
personas en la sociedad y sirven al bien común?
¿Son propuestas que respetan las demás
religiones, el pluralismo y la tolerancia? ¿Son
viables dichas posiciones?
La historia reciente muestra que las posiciones de
la Iglesia Católica relacionadas con políticas
públicas sobre género, sexualidad y
salud reproductiva no se ajustan a estos criterios.
Los dirigentes de la Iglesia Católica han optado
por no confiar en la autoridad moral de las mujeres
para tomar sus propias decisiones, y buscan la manera
de acabar todo debate o diálogo respecto a
sus derechos sexuales y reproductivos. Esta negativa
es inaceptable para la mayoría de las y los
creyentes de esta religión, y no es ciertamente
el mejor camino para elaborar políticas públicas,
pues miles de mujeres mueren o son atropelladas en
su dignidad y sus derechos.
Los Estados democráticos deben asumir, hoy
más que nunca, la responsabilidad que tienen
de legislar para una sociedad diversa y plural y entender
que las creencias religiosas no deben influir la labor
pública. El laicismo es una condición
imprescindible para el ejercicio de los derechos,
lo cual proporciona el sustento para el bienestar
de todas las personas. A los Estados laicos, les corresponde
garantizar la separación entre las Iglesias
y el Estado, a las organizaciones de la sociedad civil
nos corresponde defenderla y exigir que se mantenga.