Joseph Card. Ratzinger: ¿exterminador del futuro?
Sobre la Dominus Iesus
Leonardo Boff
Al concluir los festejos
de los dos mil años de cristianismo, el cardenal
J. Ratzinger nos brinda un documento doctrinario que debemos
agradecer. En él, sin máscaras ni subterfugios,
se expone cuál es la visión que una parte
de la Iglesia, la jerarquía vaticana, tiene de
la revelación, del designio de Dios en Cristo,
de la naturaleza de la Iglesia, del diálogo ecuménico
e inter-religioso. Ahora, todos, hombres y mujeres de
buena voluntad, personas religiosas y espirituales, Iglesias
cristianas y cada fiel, saben lo que deben esperar o no
de la Iglesia jerárquica vaticana respecto al futuro
del diálogo micro y macroecuménico. Ese
futuro es aterrador, pero absolutamente coherente con
el sistema que la Iglesia jerárquica vaticana elaboró
a lo largo de los últimos siglos y que ahora alcanzó
su expresión pétrea. Es el sistema romano,
férreo, implacable, cruel y sin piedad.
1. La inaudita
agresividad de un cardenal tímido
Dicho en una forma sencilla
-picaresca pero verdadera- he aquí el resumen
de la ópera: "Cristo es el único
camino de salvación y la Iglesia es el peaje
exclusivo. Nadie recorrerá el camino sin
antes pasar por ese peaje". Dicho de otra manera"
"Cristo es el teléfono pero sólo
la Iglesia es la telefonista. Todas la llamadas de corta
y de larga distancia necesariamente pasan por ella".
Iglesia y Cristo forman "un único Cristo
total" (nº 16), pues "como existe un
solo Cristo, también existe un solo cuerpo y
una sola Esposa suya, una sola Iglesia católica
y apostólica" (nº 16). Fuera de la
mediación de la Iglesia, todos, incluso "los
adeptos de otras religiones objetivamente se encuentran
en una situación gravemente deficitaria"
(nº 22). Con todo énfasis se afirma, citando
el Catecismo de la Iglesia Católica: "No
se debe creer en nadie más, a no ser en Dios,
el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo" (nº
7).
¿Por qué tal reduccionismo?
Aquí comienza a articularse el sistema romano,
el romanismo: por causa "del carácter definitivo
y completo de la revelación de Jesucristo"
(nº 4). Podrán pasar milenios, podrán
los seres humanos emigrar a otros planetas y galaxias
pero la historia quedó como petrificada hasta
el juicio final, pues no va a haber absolutamente ninguna
novedad en términos de revelación: "no
se debe esperar nueva revelación pública
antes de la gloriosa manifestación de Nuestro
Señor Jesucristo" (nº 5). El sistema
está completo, cerrado, y todo es propiedad privada
de la Iglesia (la jerarquía vaticana), que debe
expandirlo al mundo entero.
¿Qué dirá ella
a los seres humanos -después de millones de años
de evolución y de encuentro espiritual con Dios-
y a los demás cristianos que no son católico-romanos?
Las respuestas son claras y sin vacilaciones, verdaderas
puñaladas en el pecho de los destinatarios: "A
ustedes, personas religiosas del mundo, miembros de
las religiones, incluso más ancestrales que nuestro
cristianismo (como el budismo o el hinduismo), les anuncio
esta desoladora verdad: ustedes no tienen "fe teologal";
sólo tienen "creencia"; sus doctrinas
no son cosa del Espíritu sino algo "que
ideó el ser humano en su búsqueda de la
verdad" (nº 7). Si poseyeran algunos elementos
positivos, "no se les puede atribuir origen divino"
(nº 21), ni son de ustedes, pues son nuestros,
ya que "reciben del misterio de Cristo los elementos
de bondad y de gracia presentes en ellos" (nº
8). Y ustedes, Iglesias ortodoxas que tienen jerarquía
y la eucaristía: ustedes son sólo "iglesias
particulares", sin plena comunión, por no
aceptar el primado del Papa (nº 16). Y ustedes,
Iglesias evangélicas, salidas de la Reforma unas,
y surgidas otras después, escuchen bien esta
sentencia: ustedes "no son iglesias en sentido
propio" (nº 17); son "comunidades separadas"
"cuyo valor deriva de la misma plenitud de gracia
y verdad que fue confiada a la Iglesia Católica"(nº
17).
Y ahora, escuchen todo lo que el Concilio
Vaticano II sentenció y nosotros reafirmamos:
"La única verdadera religión se verifica
en la Iglesia Católica y apostólica, a
la cual el Señor Jesús confió la
misión de difundirla a todos los seres humanos
(nº 23). Sepan que únicamente en ella está
la verdad. Todas las personas están obligadas
a adherirse a ella, pues fuera de esta verdad todos
ustedes se encuentran irremediablemente en el error.
En el fondo, este documento, expresión suprema
de totalitarismo, dirá a todos, de forma cruel
y sin piedad: sin Cristo y la Iglesia ustedes todos
no poseen nada de propio; y si por ventura tuvieran
algún elemento positivo, no es de ustedes, sino
de Cristo y de la Iglesia. A ustedes no les queda otro
camino que la conversión. Fuera de la conversión
sólo hay riesgo objetivo de perdición.
Después de tal pronunciamiento
para nosotros, mortales, propulsores del micro y del
macro ecumenismo, queda claro que cualquier iniciativa
del Vaticano en esa área, esconde una farsa y
prepara una trampa. Los llamados que el documento hace
a la continuidad del diálogo no son propiamente
sobre los contenidos religiosos, sino sobre el respeto
a las personas, iguales en dignidad, pero absolutamente
desiguales en términos de las condiciones objetivas
de salvación.
Con estas tesis, el tímido cardenal
José Ratzinger compareció como exterminador
del futuro del ecumenismo. ¿Cómo se llegó
a tal sistema totalitario, el romanismo, que tantas
víctimas causa, y que produce un discurso de
exclusión y de desesperanza?
2. El capitalismo jerárquico
romano
Este tipo de discurso no es específico del
romanismo, sino de todos los totalitarismos contemporáneos,
del fascismo nazi, del estalinismo, del sectarismo religioso,
de los regímenes latinoamericanos de seguridad
nacional, del fundamentalismo del mercado y del pensamiento
único neoliberal. El sistema es totalitario y
cerrado en sí mismo, en el caso de la jerarquía
vaticana, un "totatus" ("totalitarismo)
como decían teólogos católicos,
críticos del absolutismo de los papas. La realidad
comienza y termina allí donde comienza y termina
la ideología totalitaria. No existe nada más
allá del sistema. Todos deben someterse a él,
como dice el documento de Ratzinger, en "obediencia,
sumisión plena de la inteligencia y de la voluntad,
dando voluntariamente asentimiento" (nº 7).
La verdad es sólo intrasitémica. Sólo
los que obedecen al sistema participan de los beneficios
de la verdad que es la salvación. Todos los demás
están en el error.
Quien pretende tener él solo
la verdad absoluta está condenado a la intolerancia
para con todos los demás, que no están
en ella. La estrategia es siempre la misma, en cualquiera
de estos totalitarismos: convertir a los otros o someterlos,
desmoralizarlos o destruirlos. Conocemos bien este método
en América Latina. Fue minuciosamente aplicado
por los primeros misioneros ibéricos que vinieron
a México, al Caribe y a Perú con la ideología
absolutista romana. Consideraron falsas las divinidades
de las religiones indígenas, y sus doctrinas
las tuvieron por pura invención humana. Y las
destruyeron con la cruz asociada a la espada.
Los ecos de los lamentos de los sabios
aztecas resuenan hasta hoy: "Dijisteis que no eran
verdaderos nuestros dioses. Nueva palabra es ésa,
la que habláis. Por causa de ella estamos perturbados,
incomodados
Oigan, señores nuestros: no
hagáis a nuestro pueblo algo que le cause desgracia
o que lo haga perecer
No podemos quedar tranquilos"
(Miguel León Portilla, A conquista da América
Latina vista pelos indios, Vozes, Petrópolis
l987, 21-22). Los mayas sollozaban: "¡Ay!,
entristezcámonos, porque llegaron (los españoles
cristianos)
Vinieron a hacer que las flores se
marchiten. Para que su flor viviese, dañaron
y devoraron nuestra flor
Castrar el sol: eso es
lo que vinieron a hacer ellos aquí
Ese
Dios "verdadero" que viene del cielo, sólo
de pecado hablará, sólo sobre el pecado
será su enseñanza. Ellos nos enseñaron
el miedo" (León-Portilla, op.cit. 60-62).
¿Podrá imaginar el cardenal
Ratzinger lo que un piadoso presbiteriano, trabajando
en el interior de la salva amazónica con los
indígenas, o un monje taoísta, sumergido
en su contemplación, sentirán, cuando,
en un encuentro inter-religioso cualquiera, se les diga
que ellos no tienen fe, o que no son iglesia, que en
sí nada tienen de divino y de positivo, y que
si lo poseen es sólo por Cristo y por la Iglesia?
Humillados y ofendidos, tienen motivos para llorar como
los aztecas y los mayas. Y su lamento llegará
hasta el corazón de Dios, que siempre escucha
el grito de los oprimidos, sin la mediación innecesaria
de la Iglesia. Pero como son justos y sabios, seguramente
sólo sonreirán frente a tanta arrogancia,
a tanta falta de respeto y a tanta ausencia de espiritualidad
para con los caminos de Dios en la vida de los pueblos.
La estrategia del documento vaticano
obedece a la misma lógica de los referidos totalitarismos:
la de la desmoralización y de la disminución
hasta la completa negación del valor teologal
de las convicciones del otro. Destruye todas las flores
del jardín no católico y religioso, para
que quede, soberana y solitaria, sólo la flor
de la Iglesia romano-católica. Y todo, bajo la
invocación de Dios, de Cristo y de la revelación
divina, pecando alegremente contra el segundo mandamiento
de la Ley de Dios, que prohibe usar el santo nombre
de Dios en vano o para encubrir intereses meramente
humanos.
¿Cómo se llegó
a esa rigidez fundamentalista y sin piedad? No queremos
resumir aquí la investigación histórica,
hecha por los mejores historiadores y exegetas católicos
que el cardenal Ratzinger conoce, pues los estudió
en sus aulas de Freising, Bonn, Tübingen y Regensburg:
de la comunidad fraternal de los inicios del cristianismo,
por razones históricas comprensibles pero no
justificables, se llegó a una sociedad eclesiástica
piramidal y desigual.
En los primeros siglos, hasta más
allá del año mil, el pueblo cristiano
participaba del poder de la "Iglesia comunidad
de los fieles", en las decisiones y en la elección
de sus ministros, según el antiguo adagio: "todo
lo que interesa a todos debe ser discutido y decidido
por todos". Después, el pueblo comenzó
a ser sólo consultado, y por fin, quedó
totalmente marginado y expropiado de la capacidad que
originalmente poseía. Así surgió
en la Iglesia una innegable división y desigualdad:
por un lado una jerarquía que todo lo sabe, de
todo es maestra, discute de todo y en todo ella decide,
al lado y encima de una masa de fieles despotenciada
y destituida, que debe obedecer y adherirse a totalmente
a la jerarquía.
Esta realidad es en sí misma
perversa, y contraria al sentido originario del mensaje
de Jesús. Para hacerla aceptable entran en funcionamiento
los mecanismos de legitimación. La jerarquía
vaticana elabora la correspondiente teología,
con el objeto de justificar, reforzar y sacralizar su
poder. Para hacer que ese poder sea irreformable, intocable
y absoluto, le atribuye un origen divino, cuando, en
realidad, es producto histórico y fruto de un
proceso implacable de expropiación. Para conseguir
tal faraonismo, la jerarquía vaticana echó
mano de manipulación de decretales y de la falsificación
del famoso Testamento de Constantino, hasta implantar,
con Gregorio VII en 1075 con su "Dictatus Papae"
(la Dictadura del Papa) el poder absoluto del papado
en formulaciones como éstas: "El papa es
el único hombre al cual todos los príncipes
le besan los pies (esto valía hasta mediados
de este siglo, con Pío XII); su sentencia no
debe ser reformada por nadie, y sólo él
puede reformar la de todos; él no debe ser juzgado
por nadie". Por fin, con Pío IX, de infeliz
reciente beatificación, fue proclamado infalible
en su magisterio, pudiendo decidir todo "por sí
mismo sin el consentimiento de la Iglesia". A partir
de esa ideología totalitaria se leen las Escrituras
y se entresaca de ella lo que interesa para fundamentar
esta doctrina ideada por la sed de poder, espiritualizando
las perspectivas contrarias o simplemente silenciándolas,
incluso las más esenciales. El documento del
cardenal Ratzinger prolonga este método sin la
mínima sutileza que sería de esperar de
alguien que un día fue un teólogo de reconocida
competencia.
Cabe recordar que el Jesús histórico
fue víctima de un sistema absolutista semejante,
aquel construido por los escribas y fariseos. En nombre
de él rechazaron a Jesús como falso profeta,
enemigo de la verdad, Belzebú, traidor a las
tradiciones y seductor del pueblo. Jesús les
contradice -y lo mismo diremos al cardenal Ratzinger-:
"en verdad, anulan ustedes el mandamiento de Dios
para establecer las tradiciones de ustedes
y cosas
como éstas hacen ustedes muchas más"
(Mc 7. 13); "por causa de sus tradiciones no enseñan
el precepto de Dios" (Mt 15, 3). Y ¿qué
es lo que el cardenal Ratzinger deja de enseñar
en nombre de tradiciones espúreas?
3. Errores teológicos que
hacen inaceptable el documento vaticano
El cardenal Ratzinger no enseña la esencia
del cristianismo, sin la que nada se sustenta, de lo
que resulta vana toda la argumentación del documento.
Entre otras cosas esenciales, dos son las más
graves: no anuncia la centralidad del amor ni predica
la importancia decisiva de los pobres. En su documento,
estas dos cosas están totalmente ausentes.
Para Jesús y para todo el Nuevo
Testamento, el amor lo es todo (Mt 22, 38-39), porque
Dios es amor (1 Jn 4, 8.16) y sólo el amor salva
(Mt 25, 34-47), un amor que debe ser incondicional (Mt
5, 44). Nada de eso se lee en el documento cardenalicio.
Sólo habla de verdades reveladas y de la fe teologal
como adhesión plena a ellas. Y bien sabe el cardenal
que la fe sola no salva, pues como dicen todos los Concilios,
sólo salva la fe "informada de amor"
(fides caritate informata). Es una ausencia clamorosa,
sólo comprensible en quien no tiene una experiencia
espiritual, no se encuentra con el "Dios comunión
de personas divinas", no ama a Dios y al prójimo,
sino que sólo se adhiere perezosamente a las
verdades escritas y abstractas. Por el hecho de que
el texto no revela ningún amor, también
muestra que no ama a nadie, a no ser al propio sistema.
Sin compasión ni esfuerzo de comprensión,
injuria y destruye el credo de los otros.
Más todavía: para empeorar
su situación, en ningún momento se refiere
a los pobres. Para Jesús y todo el Nuevo Testamento,
el pobre no es un tema entre otros. Es el lugar a partir
el cual se descubre el evangelio como buena noticia
de liberación ("bienaventurados ustedes
los pobres") y funciona como criterio último
de salvación o de perdición. De nada sirve
pertenecer a la Iglesia romano-católica, poseer
todo el arsenal de los medios de salvación, someterse
con mente y corazón al sistema jerárquico,
acoger todas las verdades reveladas
si no se tiene
amor "nada soy" (1 Cor 15, 2). Si no tuviéramos
amor al hambriento, al sediento, al desnudo, al peregrino
y al preso, nadie, ni yo ni el cardenal Ratzinger, podremos
escuchar las palabras bienaventuradas: "Vengan,
benditos de mi Padre, tomen posesión del Reino
preparado para ustedes desde la creación del
mundo" (Mt 25, 34), porque "cuando dejasteis
de hacer algo a uno de estos pequeños, fue a
mi a quien o se lo hicisteis" (Mt 25 45). La cuestión
del pobre es tan esencial a la herencia de Jesús,
que cuando Pablo fue a verificar su doctrina ante los
apóstoles en Jerusalén, éstos le
exigieron el cuidado de los pobres (Gal 2, 10).
La tradición teológica
de la Iglesia siempre argumentó rectamente: donde
está Cristo ahí está la Iglesia;
y Cristo está en los pobres; luego la Iglesia
está (debe estar) en los pobres. No sólo
en los pobres trabajadores y buenos, sino en los pobres
pura y llanamente por el simple hecho de ser pobres.
Al ser pobres, tienen menos vida, y por eso son los
destinatarios primeros de ese anuncio y de la intervención
liberadora del Dios de la Vida.
Ninguna resonancia de ese anuncio de
libertad y de compasión encontramos en este rastrero
documento vaticano. Sobre la cuestión de los
pobres se podría inaugurar un ecumenismo abierto
y fecundo, con todas las iglesias, religiones, tradiciones
espirituales y personas de buena voluntad... En el amor
incondicional y en los pobres se encuentra la centralidad
del mensaje de Jesús, y no en el alegato ideológico
montado por el documento del cardenal. Hay una forma
de negación del Dios vivo que sólo los
eclesiásticos llevan a cabo: hablar de Dios,
de su revelación y de su gracia, sin mostrar
ninguna compasión para con los pobres y los ofendidos.
No hablan del Dios de Jesús que escucha el grito
de los oprimidos y desciende para liberarlos (Ex 3,4)
sino de un fetiche eclesiástico que "ideó"
(nº 7) el ser humano en su sed de poder. No sin
razón la imagen de Dios que emerge del documento
es de un Dios fúnebre que murió hace mucho
tiempo, pero que dejó como testamento frases
recogidas en el Nuevo Testamento, con las cuales la
jerarquía vaticana construye un edificio de salvación
exclusivo para quien entre en él.
Pero hay otras insuficiencias graves
de teología que importa denunciar: el documento
ofende al Verbo que "ilumina a todo ser humano
que viene a este mundo" (Jn 1,9), y no sólo
a los bautizados y a los que son romano-católicos.
El documento blasfema el Espíritu que "sopla
donde quiere" (Jn 3, 8) y no sólo sobre
aquellos ligados a los esquemas del cardenal. Jesús
enfatiza que "los verdaderos adoradores que el
Padre desea, han de adorarlo en Espíritu y en
Verdad" y no solamente en Roma (Jerusalén)
o Garizim (Cracovia: Jn 4, 21-23), es decir, por todas
las personas abiertas a la dimensión espiritual
y sagrada del universo, manifestación de la presencia
del Misterio divino, cuya culminación se encuentra
en la encarnación.
El documento deja en ridículo
a los seres humanos al negarles lo principal del mensaje
de Jesús referido más arriba: el amor
incondicional y la centralidad de los pobres y oprimidos.
En su lugar les ofrece un indigesto menú de citas
arrancadas para justificar las discriminaciones y las
desigualdades producidas contra la voluntad manifiesta
de Jesús, que prohibió que alguien se
llamara maestro o padre (Papa es la abreviación
de "padre de los pobres", pater-pauperum =
papa) o que se considerara mayor o primero que los demás,
"porque ustedes son todos hermanos y hermanas (Mt
23, 6-12). La jerarquía romana necesita urgentemente
de conversión para que pueda encontrar su lugar
dentro de la totalidad del pueblo de Dios y como servicio
de la comunidad de fe. Ella no es una facción,
sino una función de la "Iglesia comunidad
de fieles y de servicios".
El documento está a kilómetros-luz
de la atmósfera de jovialidad y benevolencia
propia de los evangelios y de la gesta de Cristo. Es
un texto de escribas y fariseos y no de discípulos
de Jesús, un texto carente de virtudes humanas
y divinas, más dirigido a juzgar, a condenar
y a excluir, que a valorizar, comprender e incluir como
hace el símbolo de la primera alianza que Dios
estableció con la vida y la humanidad, el arco
iris. Ratzinger no quiere la multiplicidad de los colores
en la unidad del mismo arco iris, sino sólo el
predominio imperativo del color negro, el de la triste
jerarquía vaticana.
4. El ecumenismo pasa por Ginebra
y no por Roma
Con este documento el cardenal Ratzinger ha cavado
la tumba para el ecumenismo en la perspectiva de la
jerarquía vaticana. Tiene el mérito de
desvanecer todas las ilusiones. A partir de ahora no
podemos contar con la jerarquía vaticana para
buscar la paz espiritual y religiosa de la humanidad.
Al contrario, por su capitalismo concentrador de la
verdad divina, por la arrogancia con que trata a todos
los demás, el cristianismo jerárquico
romano se constituye en un gran obstáculo.
Pero la jerarquía romana no es
toda la Iglesia, ni representa la entera jerarquía
eclesiástica mundial. Dentro de la jerarquía
hay cardenales, arzobispos, obispos y presbíteros
que siguen el camino evangélico del mutuo aprendizaje,
del diálogo abierto y de la búsqueda sincera
de la paz religiosa, asentada en la experiencia radical
del Misterio, que se vela y revela a lo largo de toda
la historia del universo y de la humanidad y adquiere
cuerpo -singular en cada caso- en las religiones y en
el cristianismo. Pero ése no es el camino estimulado
por Roma.
Si continúa la actitud excluyente
del Vaticano, el ecumenismo cristiano no pasará
ya por Roma, sino por Ginebra, sede del Consejo Mundial
de iglesias. Allí se perpetúa la herencia
de Jesús, abierta a las dimensiones del Espíritu,
que llena la faz de la Tierra y caldea los corazones
de los pueblos y de las personas. Como el documento
de Ratzinger es fruto de un sistema cerrado y férreo,
no muestra sensibilidad alguna hacia la realidad que
va más allá de él mismo. Es el
sapo que vive en el fondo del pozo y nada sabe de universos
que haya más allá de los límites
de su pozo. Un documento que apunta al diálogo
religioso mundial debería mostrar el valor de
pertinencia y la relevancia de tal dialogo frente a
la dramática situación que atraviesa la
Tierra y la Humanidad. Nada de ello entra en la agenda
del documento. El sentido del diálogo ecuménico
e inter-religioso no se agota en la gestación
de la paz religiosa, sino que se ordena a la construcción
de la justicia y de la paz entre los pueblos y a la
salvaguarda de todo lo creado.
Estamos caminando rumbo a una única
sociedad mundial. Esta geosociedad tiene rostro del
Tercer Mundo, porque cuatro mil millones de personas
-sobre seis mil millones-, según los datos del
Banco Mundial y del Fondo Monetario Internacional, viven
debajo de la líinea de la pobreza. ¿Quién
enjugará las lágrimas de estos millones
de víctimas? ¿Quién escucha el
grito que viene de la Tierra herida, y de las tribus
de la Tierra, hambrientas y excluidas?
El documento no tiene oídos para
semejantes tribulaciones. Quien es sordo ante el grito
de los oprimidos no tiene nada que decir a Dios ni nada
que decir en nombre de Dios. El Cristianismo presentado
por el cardenal Ratzinger no es mundializable: es expresión
del lado más sombrío del Occidente, que
cada vez más se convierte en un accidente. Su
documento cierra el segundo milenio de un tipo de cristianismo
que no debe ser prolongado por veneración al
Misterio de Dios que se revela en la historia, por amor
a Jesucristo, cuyo significado y mensaje no quiere excluir
ni disminuir a nadie, por comunión con las demás
iglesias cristianas que llevan adelante la memoria de
Jesús, y por respeto a los demás caminos
religiosos y espirituales por los cuales Dios siempre
visitó en salvación y gracia a todos los
seres humanos. En el nuevo milenio que se inaugura,
surgirá un nuevo ecumenismo católico como
aquel que está siendo realizado en estratos importantes
de la jerarquía que se convirtió al sentido
evangélico de servicio y animación de
la fe, en las bases de la Iglesia y en las comunidades
católicas y cristianas, ecumenismo fundado en
la espiritualidad y en la mística del encuentro
vivo con el Espíritu y el Resucitado, al servicio
de los hombres y mujeres, comenzando por los más
pobres y castigados, en comunión y en diálogo
con otros portadores de espiritualidad. Es misión
de todos suscitar y animar la llama sagrada de lo Divino
y del Misterio que arde dentro de cada corazón
y en el universo entero.
Sin esa llama sagrada no salvaremos
la vida ni garantizaremos un futuro de esperanza para
la familia humana y la Casa Común, la Tierra.
Para tal propósito, todo ecumenismo es deseable,
toda sinergia es imprescindible. Y Roma, algún
día, post Ratzinger locutum -una vez que ya habló
Ratzinger-, tendrá que sumarse a esta tara mesiánica.
Traducción de José
María Vigil
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