La Primacía de la Vida
Frei Betto
La doctrina y la teología de
la Iglesia católica han conocido considerables
avances en este siglo, sobre todo a partir del concilio
Vaticano II (1962-1965). Antes la planificación
familiar dependía de la abstinencia sexual; el
cariño entre la pareja era considerado pecado;
los protestantes y los judíos, abominados; el
ecumenismo, impensable; el latín, obligatorio
en las misas; la sotana, única vestimenta oficial
del sacerdote.
Hoy se celebra en lengua vernácula;
el papa se reúne en Asís con representantes
de diversas religiones y visita la sinagoga de Roma;
se deja fotografiar en ropa deportiva, al esquiar en
sus vacaciones; y pide perdón por el antisemitismo
de la Iglesia, por los errores de la Inquisición,
por la condena de Galileo y de las teorías de
Darwin.
Incluso la teología de la liberación,
mirada con sospecha en la década de los 80, se
va incorporando a los discursos papales. Basta leer
sus pronunciamientos en Cuba (1998) y en México
(1979), condenando el neoliberalismo y la globalización,
así como sus insistentes llamados en pro de la
reforma agraria y de la suspensión del pago de
la deuda externa.
La ciudadela inexpugnable es, todavía,
la teología moral. Sobre todo el capítulo
concerniente a la moral sexual, que prohibe las relaciones
sexuales sin finalidad procreatoria; que condena el
homosexualismo; que impide a las parejas de segundas
nupcias, excepto en la viudez, el acceso a los sacramentos;
y veta el uso de preservativos, a pesar de que el sida
ha cobrado ya la vida de cerca de 4 millones de personas
en todo el mundo.
Las autoridades de la Iglesia católica,
felizmente, demuestran mayor tolerancia en este mundo
pluralista posmoderno, en el que no se puede pretender
que la moral impuesta a la institución sea impuesta
al conjunto de la sociedad. Tal vez eso explique el
hecho de que Juan Pablo II, en su última visita
a Rio de Janeiro, haya acogido en el altar a cantores
que ya tuvieron varios matrimonios, y algunos prelados
se sintieron tranquilos entre figuras públicas
que distan mucho de ser un ejemplo de virtudes en la
esfera conyugal.
Frente a la amenaza del sida, lo que
dijo el P. Valeriano Paitoni al periodista de la Folha
(2 julio) no difiere de lo que dijera Dom Evaristo Arns:
que el preservativo es "un mal menor".
El magisterio eclesiástico sabe
que es derecho y deber de los teólogos -pues
ése es su carisma- debatir todas las cuestiones
concernientes a la vida de la fe, y que "algunos
documentos magisteriales no están libres de deficiencias.
Los pastores no siempre han percibido todos los aspectos
y toda la complejidad de algunas cuestiones" (Congregación
para la Doctrina de la Fe, 1990).
La cuestión sexual a la luz de
las fuentes de la Revelación cristiana se sitúa
en un contexto más amplio, que engloba desde
el papel de la mujer en la Iglesia, todavía hoy
impedida del acceso al sacramento del orden, hasta el
fin del celibato obligatorio para los sacerdotes diocesanos,
así como el regreso al ministerio de los que
se han casado. Como una lente que se abre progresivamente,
tales temas deben ser tratados con menos prejuicios
y más estudios bíblicos, menos autoritarismo
y más diálogo con la comunidad de los
fieles, como hizo Dom Claudio Hummes, al recibir, la
semana pasada, a entidades solidarias con los portadores
del virus HIV.
La tradición o historia de la
Iglesia es una buena muestra si no se quiere repetir
equívocos. Los hermanos Cirilo y Metodio evangelizaron
Moravia en el siglo 9. Crearon el alfabeto cirílico,
base del ruso actual. Tradujeron al eslavo los textos
bíblicos y litúrgicos. Los obispos alemanes
protestaron, alegando que Dios sólo podía
ser alabado en las tres lenguas de la cruz: hebreo,
latín y griego. Cirilo murió en el 869.
Metodio fue apresado por orden de los obispos alemanes.
El papa Juan VIII negoció su libertad a cambio
del latín en la liturgia. Metodio rechazó
el dejar de lado el eslavo. Dos años después
el papa cedió y, siglos más tarde, Juan
Pablo II exaltaría a los dos hermanos en la encíclica
Slavorum apostoli.
Condenada por la Iglesia, fue quemada
viva el 30 de mayo de 1431, como "hereje, relapsa,
apóstata e idólatra". Campesina y
analfabeta, tenía 19 años, se vestía
como hombre y andaba armada. Canonizada en 1920, hoy
es venerada en los altares como santa Juana de Arco.
En la encíclica Mirari vos, de 1832, Gregorio
XVI condenó al mundo moderno, las libertades
de conciencia y de prensa, así como la separación
entre la Iglesia y el Estado. En 1864 el Syllabus
de Pío IX reafirmaba la sentencia, repudiando
proposiciones como que "el romano pontífice
puede y debe reconciliarse y llegar a un acuerdo con
el progreso, el liberalismo y la civilización
moderna" (DS 2980).
Continúa vigente el decreto del
Santo Oficio de 1949, firmado por Pío XII y confirmado
por Juan XXIII en 1959, por el cual todos los católicos
que votaren o se afiliaren a partidos comunistas, escribieran
libros o artículos filocomunistas están
excluidos de los sacramentos. "Nadie puede, al
mismo tiempo, ser buen católico y verdadero socialista"
(Pío XI).
Hoy Juan Pablo II admite que "el
socialismo contiene semillas de verdad", visita
Cuba, utiliza todos los recursos de la moderna tecnología
de los medios, se muestra encantado con internet, alaba
los progresos científicos y técnicos,
y recorre el mundo en viajes aéreos. "Eppur
si muove", a pesar del decreto de 1616, del Santo
Oficio, condenando a quienes decían que la Tierra
se mueve. No sólo el planeta, sino también
las costumbres y la hermenéutica de los fundamentos
de la doctrina cristiana.
Jesús no condenó a la
mujer adúltera (Juan 7), ni a la samaritana que
iba ya por su sexto marido (Juan 4), ni dejó
de escoger a Pedro para dirigir el grupo apostólico
porque era casado (Marcos 1). Al contrario, los cubrió
de compasión, revelándoles el corazón
amoroso de Dios.
Es hora de que el magisterio católico
se pregunte si el preservativo puede ser descartado,
cuando se sabe que hasta las mujeres casadas son infectadas
por sus maridos con el virus del sida. El precepto evangélico
de la vida como bien mayor de Dios y el principio tomista
de la legítima defensa ¿no podrían
ser aplicados en tal circunstancia?
Frei Betto es fraile dominico
y escritor, autor de "El Desafío Ético",
junto con Luis Fernando Veríssimo.
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