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| Esta lucha
ha sido nuestra respuesta a las construcciones culturales,
religiosas y políticas que nos han impedido el
pleno ejercicio de nuestra capacidad de tomar decisiones
en todos los aspectos de nuestra vida. |
El nuevo enfoque de la salud
reproductiva: un reconocimiento a los derechos
Por María Consuelo Mejía [1]
Antes de empezar quiero hacer un reconocimiento
especial a las organizadoras de este evento, que constituye
desde mi punto de vista un esfuerzo meritorio por poner en
práctica una de las recomendaciones más importantes
de las Conferencias de El Cairo y Beijing: la interlocución
entre organizaciones de la sociedad civil, las instituciones
gubernamentales y las instituciones de cooperación
internacional. Lo que está siendo posible hoy, debería
ser una práctica mucho más frecuente. Mis felicitaciones,
pues a quienes tuvieron a su cargo las dificultades organizativas
de esta serie de actividades.
Cuando en septiembre de 1995, se discutió
en Beijing si los derechos específicos de las mujeres
son derechos humanos, nos dimos cuenta de hasta donde puede
llegar el empeño por desconocer la plena humanidad
de las mujeres. Nos enojó la insensatez de quienes
se opusieron a este reconocimiento, pero no nos soprendió
si tomamos en cuenta que aunque las mujeres somos más
de la mitad de la humanidad, hace apenas cerca de 50 años
que a las mexicanas se nos otorgó la calidad de ciudadanas
y cerca de 40 que los métodos anticonceptivos actuales
se pusieron al alcance de las mujeres, abriendo con ello la
posibilidad de independizar las relaciones sexuales de la
procreación no deseada y vislumbrando una vida sexual
más plena y libre de temores.
Estos avances políticos y técnicos
han tenido consecuencias trascendentales en la vida de las
mujeres. La posibilidad de participar en la elección
de las autoridades políticas, de controlar la propia
capacidad reproductiva y gozar de una sexualidad placentera,
son aspectos esenciales para la autonomía de las mujeres.
Cómo lo es también el reconocimiento de nuestros
derechos económicos. Parece mentira que apenas a finales
del siglo XX se esté reconociendo que el ejercicio
de la autonomía de las mujeres es un ejercicio de derechos
humanos y que no se haya reconocido plenamente el derecho
a la herencia y a la propiedad de la tierra para las mujeres.
Y aunque la defensa de los derechos humanos ha ganado legitimidad
universal, hoy estamos enfrentando serios obstáculos
para el ejercicio de nuestros derechos.
Los impedimentos son de todo tipo y están
enraizados en el sistema patriarcal en el que estamos viviendo,
que apenas empieza a presentar fisuras gracias a la nueva
concepción del mundo que entraña la mirada feminista.
Parafraseando a Gisela Espinosa Damián, quien ha tenido
a su cargo la investigación del Foro Nacional de Mujeres
y Políticas de Población sobre los recursos
asignados a la instrumentación del nuevo enfoque de
la salud reproductiva: Hoy es lugar común reconocer
la existencia y el potencial de la diversidad social; pero
el cuerpo femenino ha sido universalmente un territorio expropiado,
sea por razones culturales, mandatos religiosos, prioridades
económicas, o políticas... Si la cultura y la
religión indican que el hombre o Dios deciden los hijos
que una tiene, la política y la economía intentan
controlar el potencial y la capacidad instalada. Así,
la autodeterminación de millones de mujeres sobre su
cuerpo, sobre su vida sexual, sobre su vida, sigue acotada,
disminuida, expropiada.
En los años sesenta de este siglo,
cuando la píldora y otros recursos de la
medicina extienden el uso de anticonceptivos a escala planetaria,
el control de la fecundidad adquiere nuevas dimensiones. Si
para algunas, los anticonceptivos abrieron la posibilidad
de vivir una sexualidad más libre, para otras significaron
una moderna tiranía, pues sus cuerpos se convirtieron
en objeto privilegiado y laboratorio de bisturís, de
artefactos metálicos y de hormonas; las mujeres han
sido conejillos de indias y víctimas de la ciencia
aplicada a políticas poblacionales. La reproducción
y, por efecto de arrastre, la sexualidad misma, rebasaron
la privacidad y el dominio de las iglesias para colocarse
en el centro de un debate secular, político y planetario.
La tajante línea divisoria entre los asuntos públicos
y lo que hasta entonces era considerado como un asunto de
interés privado, se desdibuja entonces y, desde la
óptica y estrategia de los grandes mandones, una política
global apoyada en los anticonceptivos- comenzó
a invadir la privacidad de las parejas y el cuerpo de miles,
de millones de mujeres. [2]
Pero ese mundo de hombres que elaboran políticas
y difunden enseñanzas morales que afectan nuestras
vidas, sin tomar en cuenta nuestras experiencias y necesidades
está empezando a cambiar. En la última década
las propuestas de los movimientos de mujeres y feministas
en torno a la búsqueda de democracia con equidad entre
hombres y mujeres, han cobrado mayor fuerza, reconociendo
las diferencias y pugnando en contra de las desigualdades.
Otra vez en palabras de Gisela Espinosa, a
pesar de la vulnerabilidad de estas mujeres, el deseo de liberación
y autonomía o simplemente la resistencia ante la imposición,
gestaron múltiples protestas, reflexiones, propuestas,
experiencias... Los sentimientos y voces de miles de mujeres
indignadas confluyeron a veces con los ímpetus y exigencias
de las feministas libertarias. Y un movimiento social surgido
en muchísimos rincones del planeta aglutinó
a feministas, a promotoras de salud, a activistas políticas
y a mujeres enojadas. Muchos años habían pasado
desde los primeros programas antinatalistas y la protesta
y resistencia iniciales, la crítica radical o moderada,
ya habían dado lugar a proyectos, propuestas, conceptos
y utopías... La lucha por la autodeterminación
de las mujeres, por decidir sobre su vida sexual, sobre sus
cuerpos y sus maternidades, por algo que empezó a llamarse
salud reproductiva, ha unido a miles de mujeres
de la tierra.
Esta lucha ha sido nuestra respuesta a las
construcciones culturales, religiosas y políticas que
nos han impedido el pleno ejercicio de nuestra capacidad de
tomar decisiones en todos los aspectos de nuestra vida. La
persistencia y justeza de nuestro movimiento ha logrado que
otros actores de la sociedad civil y política asuman
algunas de nuestras propuestas. Este hecho nos llena de esperanzas.
Una importante manifestación de esta suma de voluntades
son las recomendaciones de las recientes Conferencias Internacionales
de Población y Desarrollo y de la Mujer convocadas
por las Naciones Unidas.
Las exigencias eran simples, en cierto sentido
elementales: que la mujer sea considerada como humana, que
no sólo se vean sus úteros y ovarios, que se
pida su consentimiento para el uso de anticonceptivos y se
le digan sus efectos, que los servicios de salud vean a la
mujer toda, no sólo su capacidad reproductiva, que
los varones se responsabilicen de sus actos sexuales, que
haya más equidad entre los géneros, entre los
grupos de distintas edades, entre los residentes rurales y
urbanos, que no sólo se atienda la reproducción
sino también la sexualidad, y que el placer de mujeres
y varones, no sólo su función reproductiva,
también se considere como un componente central de
la salud.... La lucha por los derechos sexuales y reproductivos
encuentra su raíz en desigualdades sociales y de género,
y desde ahí proyecta, en positivo, una visión
justiciera y feminista que toca puntos básicos pero
fundamentales; es por ello que estos derechos se inscriben
ni más ni menos que en el terreno de los derechos humanos.
La idea de las mujeres, su utopía, se traduce en una
propuesta alejada de la tecnocracia, del autoritarismo, del
sexismo, es simplemente más libertaria, más
placentera y humana.
Las Conferencias Internacionales de Población
y Desarrollo y de las Mujeres que se realizaron en El Cairo
y Beijing en 1994 y 1995, constituyeron momentos propicios
para convocar y articular a estas voces disidentes, críticas
y propositivas, para exigir un cambio de perspectiva y de
políticas de salud y población. Otra globalización
se estaba construyendo desde abajo. Además de este
pujante movimiento, la posibilidad de cambio fue favorecida
porque si bien las políticas demográficas han
tenido un fuerte impacto en las tasas de natalidad, los gobiernos
reconocen que sus alcances han sido limitados, y que la disminución
del crecimiento demográfico no ha traído una
mejora en la calidad de vida de millones de personas; por
el contrario, ha ido de la mano con un ensanchamiento de la
pobreza y un peligroso deterioro del ambiente.
Entonces, se dijo en El Cairo y se ratificó
en Beijing, no basta reducir la fecundidad para garantizar
el desarrollo, se requiere de una nueva perspectiva, de un
viraje. Esta confluencia de reflexiones y críticas
creó un clima favorable al cambio. Y en El Cairo, por
primera vez en un foro mundial de población, se decide
no fijar metas de reducción demográfica, y poner
por delante los derechos reproductivos de todo ser humano.
El giro en el discurso es prácticamente de ciento ochenta
grados. Este giro esencial fue ampliamente ratificado en la
Conferencia Mundial de las Mujeres y constituye un piso nuevo,
una herramienta política para impulsar políticas
y programas dirigidas a eliminar las brechas de la equidad
entre los géneros y mejorar la calidad de vida de todas
las personas.
Allí se admitió por primera
vez que las mujeres somos protagonistas de las políticas
de población y que un desarrollo justo y humano no
puede lograrse sin nuestra participación activa. El
empoderamiento de las mujeres se aceptó como condición
para lograr cabalmente los objetivos de este tipo de desarrollo,
al cual todas las personas tienen derecho. Al establecer la
eliminación de la pobreza, el acceso universal a la
educación, el impulso al empoderamiento de las mujeres,
la participación de los hombres en las tareas de la
reproducción social y la eliminación de la discriminación
contra las niñas, como condiciones para lograr la salud
reproductiva, El Cairo convoca a una auténtica revolución
de valores dirigida a lograr la equidad en las relaciones
de género poniendo énfasis en los derechos de
las mujeres.
Poniendo los derechos humanos de las personas
en el centro de las políticas de desarrollo, El Cairo
se propuso atacar las inequidades entre países ricos
y pobres, entre personas y sectores que en cada país
están en desventaja, y también las que existen
entre mujeres y hombres. Allí se reconoció que
las políticas de población no pueden desvincularse
de las decisiones que toman las mujeres en cuanto a su sexualidad
y su reproducción y que su salud reproductiva es pieza
clave de un desarrollo económico y social sustentable.
Así mismo, se aceptó que la perspectiva de género
y el ejercicio de los derechos reproductivos son esenciales
para elevar la calidad en la prestación de los servicios
de salud reproductiva, desde una perspectiva integral, humanista
y respetuosa de las decisiones de las personas.
Un aspecto más de estas Conferencias
impactó el trabajo de las mujeres organizadas para
la defensa de nuestros derechos: el llamado a los gobiernos
a colaborar estrechamente con las organizaciones no gubernamemantales
(partnership en inglés) y la necesidad de que tanto
gobiernos como ONG rindan cuentas a la población acerca
de los compromisos asumidos en los escenarios internacionales.
El Cairo abre pues una nueva etapa de trabajo para estas ONG,
exige asignar los recursos necesarios para convertir en realidad
lo escrito en el papel, crear los mecanismos para una colaboración
con las instituciones gubernamentales en condiciones de igualdad
y modificar los marcos legislativos y normativos que permitan
la instrumentación de las medidas acordadas.
Pero ¿cómo convertir en realidad
estos compromisos, estos deseos, estos sueños? En lo
que tiene que ver con la salud de las mujeres, los documentos
producto de estas Conferencias recomiendan a los gobiernos
medidas de acción muy concretas para la insrumentación
de este nuevo enfoque de la salud reproductiva cimentado en
el respeto a los derechos reproductivos de todas las personas.
Además de la creación de mecanismos para la
asociación efectiva y equitativa con las organizaciones
de la sociedad civil, se recomienda asignar los recursos necesarios
y suficientes para echar a andar este nuevo enfoque, cuya
pieza esencial es la integración de la perspectiva
de género a la prestación de los servicios de
salud con el objetivo de elevar la calidad de esta atención.
Integrar la perspectiva de género se
dice fácil, pero desde nuestro punto de vista entraña
un profundo cambio de valores. Tiene que ver con el rompimiento
de los estereotipos de género, con la eliminación
de la coerción, el engaño y el abuso de poder
en las relaciones entre prestadores de servicios y usuarias,
con el respeto a sus opiniones y decisiones. Es una tarea
ardua y de mucho tiempo que aunque no requiere una inmensa
inversión de recursos económicos, si requiere
de la voluntad política para que la capacitación
no se limite a unos cuantos talleres, pues implica cambios
de conducta y actitud. Requiere de un cambio radical en los
criterios de evaluación del desempeño profesional
de los prestadores de servicios de salud. Requiere campañas
masivas de información y orientación para que
la ciudadanía conozca sus derechos reproductivos y
los pueda defender.
Más importante para nosotras, la integración
de la perspectiva de género entraña el reconocimiento
de las desigualdades basadas en la diferencia sexual y de
la relatividad histórica y cultural de los papeles
de género. Asociada a esta perspectiva está
por lo tanto, la necesidad de desconstruir las construcciones
simbólicas que asignan a las mujeres un lugar de subordinación
y un destino único e inevitable: el de ser madres.
La posibilidad para las mujeres de opinar, de decidir, de
elegir en materia de sexualidad y reproducción y de
no ser objeto de políticas trazadas y aplicadas sin
su consentimiento está en la letra del nuevo enfoque
de la salud reproductiva basado en los derechos y en el impulso
al empoderamiento y a la autonomía de las mujeres.
El concepto de salud reproductiva aprobado
en la Conferencia de El Cairo y ratificado en la de Beijing
habla de la capacidad de disfrutar de una vida sexual satisfactoria
y sin riesgos y de procrear, y de la libertad para decidir
hacerlo o no hacerlo, cuándo y con qué frecuencia.
Y habla de derechos: del derecho de todas las personas a obtener
información y acceso a métodos seguros eficaces,
asequibles y aceptables y de su derecho a elegir los que más
les convengan para la regulación de su fecundidad,
así como del derecho a recibir servicios adecuados
de atención a la salud que permitan los embarazos y
los partos sin riesgo y proporcionen a las parejas las máximas
posibilidades de tener hijos sanos. (Programa de Acción
de la CIPD, párrafo 7.2)
Este concepto representa un importante avance
en relación con los enfoques tradicionales de salud
materno-infantil y de planificación familiar. El énfasis
en enfoques no coercitivos, asegurando una amplia gama de
opciones anticonceptivas, y el ofrecer servicios para otras
necesidades de la salud reproductiva de las mujeres tales
como la prevención y el tratamiento de las infecciones
del tracto reproductivo y de las enfermedades de transmisión
sexual, los tratamientos a la infertilidad y al deseo de no
tener hijos, pusieron en evidencia que la meta principal de
los programas de salud reproductiva es la salud de las mujeres
y no el control del crecimiento poblacional.
El concepto también incluye explícitamente
la salud sexual. La salud sexual, dice el documento, está
encaminada al desarrollo de la vida y de las relaciones personales
y no meramente al asesoramiento y la atención en materia
de reproducción y de enfermedades de transmisión
sexual. Este hecho marca una ruptura al reconocer que la sexualidad
va más allá de la procreación y que incluye
el placer sexual. Y aunque en el marco de estas Conferencias
la sexualidad se ha tocado en la medida en que se asocia a
la reproducción o a la enfermedad, en la Conferencia
de Beijing se reconoció que los derechos humanos de
las mujeres incluyen el derecho de las mujeres a controlar
su sexualidad y a decidir libremente respecto de estas cuestiones,
sin verse sujetas a la coerción, la discriminación
o la violencia.
Otro beneficio del concepto es que estimula
los esfuerzos conjuntos entre programas que antes estaban
separados y que incluso llegaban a competir entre sí.
La salud reproductiva provee un foco de intervención
alrededor del cual los programas de cuidado prenatal, de planificación
familiar y de control de ETS -antes paralelos- pueden converger,
llevando a mayor eficiencia en la provisión de servicios,
y más importante aún, a una mejor calidad de
servicios para las mujeres. El concepto de salud reproductiva
se aparta explícitamente del énfasis en servicios-meta
que era tan popular en la salud internacional de los 80, y
evita particularmente centrarse en el embarazo como el principal
punto de contacto entre mujeres y servicios de salud.
La salud y los derechos sexuales y reproductivos
se consideran entonces parte integrante del desarrollo y de
los derechos humanos: especialmente el derecho de las mujeres
a asumir el control y a tomar decisiones respecto de su cuerpo
y su sexualidad. Una buena salud sexual y reproductiva, que
va más allá del enfoque demográfico y
la planificación familiar, es un requisito previo para
lograr el progreso socioeconómico y el desarrollo sustentable.
Hay quienes afirman que desconocemos la forma
de encarar la salud reproductiva en el plano de los programas
o que no podemos actuar hasta que contemos con mecanismos
e indicadores para poder evaluar los resultados de los programas.
También hay quienes aducen que las estructuras existentes
de servicios de salud y planificación familiar simplemente
no pueden incorporar enfoques más amplios de salud
reproductiva debido a que no tienen suficiente financiación
o personal y se basan en sistemas de atención primaria
de la salud frágiles y en proceso de erosión.
No obstante, la recomendación de las Conferencias de
El Cairo y Bejing fue cambiar esas circunstancias. Se cuenta
con una buena base de la cual partir, si se aprovechan en
forma más eficiente los recursos existentes.
Para llevar a la práctica el concepto
de salud reproductiva, las metas prioritarias de los gobiernos
que firmaron los compromisos del Cairo y Beijing deberán
incluir las siguientes medidas:
>> Movilizar los recursos técnicos
y financieros necesarios para que el giro radical en el discurso
se aplique en las políticas y programas, en especial
para educación y salud, reordenando las prioridades
y utilizando más eficazmente los recursos disponibles.
>> Garantizar la participación
de las ONG comprometidas con los derechos de las mujeres en
el diseño, ejecución y seguimiento de los programas,
particularmente de quienes hemos estado participando en los
procesos de las Conferencias.
>> Movilizar a la opinión pública
a través de campañas educativas en los medios
de comunicación dirigidas a sensibilizar a la población
acerca de sus derechos reproductivos, de la atención
preventiva de la salud y de la perspectiva de género.
>> Prestar servicios integrales y de
buena calidad de salud sexual y reproductiva que propicien
los derechos de las usuarias y fomenten su autonomía,
asegurando al mismo tiempo que los hombres asuman responsabilidad
por su propio comportamiento sexual, por su fecundidad y por
el bienestar de sus compañeras, hijas e hijos y garantizar
el acceso universal a estos servicios.
>> Salvar todas las barreras culturales
y políticas que impiden el acceso universal a la información
amplia, veraz y objetiva sobre el uso de todos los métodos
anticonceptivos. Las políticas de población
y los programas de planificación de la familia deben
apoyar los principios de elección voluntaria e informada
y no imponer medidas coercitivas que violen los derechos humanos
fundamentales, especialmente de las mujeres, integrando el
consentimiento informado a todos los servicios de salud sexual
y reproductiva.
>> Establecer servicios de Consejería
que verdaderamente fomenten la autonomía de las mujeres.
Una Consejería así, aseguraría que las
mujeres comprendan sus opciones para la regulación
de la fecundidad y puedan actuar eficazmente a partir de sus
decisiones. La Consejería deberá ayudar a las
mujeres a comprender el funcionamiento de sus cuerpos y a
mejorar sus negociaciones con su pareja. De la misma manera,
deberá incluirse la información relacionada
con las posiciones católicas alternativas que rescatan
el valor del cuerpo y del placer y que hablan del derecho
que tienen todas las persons, a disfrutar de una sexualidad
placentera que no tenga como fín la procreación
y de su capacidad para tomar decisiones autónomas en
asuntos morales --entre ellas el uso o no uso de métodos
anticonceptivos modernos--, sin que ello les signifique estar
en el pecado, romper con su fe o dejar la Iglesia Católica.
>> Crear, mediante procesos de participación,
programas de información y servicios especiales para
adolescentes, que respeten la confidencialidad y la privacidad
de las y los usuarios y que incluya la Consejería.
>> Reconsiderar la gama apropiada de
opciones anticonceptivas que se están ofreciendo. Deberá
ofrecerse siempre el condón, o bien como método
anticonceptivo primordial o en combinación con otro
método. Y asignar la máxima prioridad en los
programas de investigación sobre regulación
de la fecundidad al desarrollo de métodos de barrera
que las mujeres puedan controlar a fin de protegerse de las
ETS y del VIH, tengan o no un efecto anticonceptivo.
>> Aumentar sustancialmente los ensayos
y las inversiones en programas dirigidos a los hombres, a
fin de que la utilización del condón sea una
opción real y atrayente para las parejas. Además
deberá asignarse alta prioridad a crear más
opciones anticonceptivas para los hombres y aumentar también
los servicios de vasectomía y la educación al
respecto.
Es cierto que todos estos propósitos
van a contravía de las políticas de ajuste estructural
cuyos recortes afectan primordialmente a la salud y la educación
y de los procesos de privatización de estos servicios
que conlleva el modelo económico vigente. Es responsabilidad
de los gobiernos frenar el avance de las tendencias económicas
que no facilitan el cumplimiento de los compromisos asumidos
en las Conferencias de El Cairo y Beijing. Y tienen en sus
manos la posibilidad de hacerlo. Falta una mayor voluntad
política que permita salvar las barreras que la derecha
organizada está poniendo cada vez con más empeño
a estos avances. Y es responsabilidad de las agencias multilaterales
aportar los recursos necesarios para poner en práctica
estos compromisos.
En México se ha avanzado. A pesar de
la evidente reducción en los recursos financieros asignados
se han hecho esfuerzos importantes por integrar estos principios
a la prestación de los servicios de salud. Y se han
librado batallas para defender estos derechos en el ámbito
internacional. Pero el camino es largo y espinoso y todavía
queda mucho por hacer. Las recientes denuncias de violación
de los derechos reproductivos de indígenas y el caso
de Paulina así lo demuestran.
El desafío es grande y nosotras asumimos
el reto de continuar vigilantes, de contribuir con nuestra
perspectiva y experiencia y de nunca, nunca abandonar nuestra
capacidad crítica y nuestros ejercicios de presión.
El nuevo enfoque de la salud reproductiva está basado
en los derechos. A las instituciones gubernamentales les toca
facilitar las condiciones, a nosotras nos corresponde impulsar
y defender los derechos sexuales y reproductivos que a todas
y todos nos son comunes.
México, D.F., abril 20 de 2000
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[1] Antropóloga
con Maestría en Estudios Latinoamericanos, investigadora
del Centro de Investigaciones Interdisciplinarias en Ciencias
y Humanidades, Directora de Católicas por el Derecho
a Decidir A.C., e integrante del Comité Ejecutivo del
Foro Nacional de Mujeres y Políticas de Población.
[2] Gisela Espinosa
Damián en la Introducción del libro Compromisos
y Realidades de la Salud Reproductiva en México, El
Atajo Ediciones, México, marzo del 2000.
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