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| Las violaciones
sexuales cometidas por sacerdotes célibes han sido
siempre un secreto a gritos (como lo son sus prácticas
homosexuales, comunes en cualquier lugar que aglutine
personas de un solo sexo: monasterios, cuarteles, conventos
o cárceles). Pero no fue sino hasta la década
pasada que mujeres católicas alzaron una fuerte
voz para detener las vejaciones. Y tenían que ser
ellas, porque los hombres están casi todos escondidos
debajo de una misma chamarra. |
Se destapó la olla
Laura E. Asturias
leasturias@intelnet.net.gt
Tarde o temprano el Vaticano habría
de admitir, como acaba de hacerlo aunque minimizando los hechos,
su conocimiento de las violaciones sexuales y otros abusos
de poder que cientos de religiosas han sufrido durante años
a manos de sacerdotes y misioneros, especialmente en África.
Y todo ello, divulgado por la revista estadounidense National
Catholic Reporter (NCR) el 16 de marzo, desnuda la cínica
hipocresía de una cúpula eclesiástica
cuyo discurso es de condena hepática al aborto, mientras
sabe que miembros de la iglesia obligan a religiosas a someterse
a éste. Las violaciones sexuales cometidas por sacerdotes
célibes han sido siempre un secreto a gritos (como
lo son sus prácticas homosexuales, comunes en cualquier
lugar que aglutine personas de un solo sexo: monasterios,
cuarteles, conventos o cárceles). Pero no fue sino
hasta la década pasada que mujeres católicas
alzaron una fuerte voz para detener las vejaciones. Y tenían
que ser ellas, porque los hombres están casi todos
escondidos debajo de una misma chamarra.
Ya en febrero de 1994 la médica misionera
de Cáritas Internacional, Maura O'Donohue, tras visitar
más de 20 países, había denunciado ante
la jerarquía vaticana, entre otras cosas, que las religiosas,
consideradas "blancos seguros" (libres de sida),
estaban siendo objeto de abusos: ellas le habían relatado
que los sacerdotes las explotaban sexualmente pues temían
adquirir el VIH en contactos con prostitutas. En 1991, la
superiora de una comunidad de religiosas fue visitada por
curas que pedían que las hermanas estuvieran disponibles
para ellos. Cuando ella rechazó semejante solicitud,
le dijeron que se verían "obligados" a buscar
mujeres en el pueblo y podrían contraer el mortal virus.
Las denuncias abundan en el nuevo informe
de O'Donohue, cuyos contenidos fueron divulgados por la NCR.
Los favores sexuales han sido el precio exigido por sacerdotes
para otorgar certificados o recomendaciones a las religiosas.
De una congregación diocesana se expulsó a más
de 20 que fueron embarazadas por curas. En otra, cuando 29
también fueron embarazadas por sacerdotes de la diócesis,
la superiora se quejó ante el arzobispo; poco después,
ella y sus consejeras fueron expulsadas por éste durante
una función pública. Es patético el caso
de una mujer islámica quien, convertida al catolicismo,
fue aceptada como candidata para ingresar a una congregación
religiosa. Al acudir a su párroco solicitando los certificados
requeridos, éste la violó antes de entregárselos.
Cuando ella descubrió que estaba embarazada, decidió
hablar con el obispo. Él mandó llamar al sacerdote
involucrado, quien admitió haberla violado. Y luego
el obispo lo envió a un retiro por dos semanas. Según
reporta O'Donohue, médicos empleados en hospitales
católicos dicen haber sido presionados a realizar abortos
a religiosas y otras jóvenes llevadas allí por
sacerdotes.En uno de tales casos, una religiosa murió
durante el procedimiento y el mismo cura que la llevó
a abortar ofició su misa de réquiem.
Se destapó la olla y qué
bien que haya ocurrido. Las diversas violaciones sexuales
a mujeres, niñas y niños (también a hombres
adolescentes y adultos) han sido el arma utilizada desde siempre
por quienes se creen dueños de las vidas de otras personas,
pobres hombres con profundas deficiencias afectivas que en
la niñez fueron despojados de todo poder personal mediante
la violencia física, psicológica o sexual. Pero
nada de eso justifica la violación. Y las cosas cobran
un matiz tanto más pecaminoso cuando los protagonistas
de tales vejámenes, amparados por sus superiores, son
precisamente aquéllos que desde el púlpito cacarean
hasta el cansancio contra el libertinaje, la promiscuidad,
la lujuria, y por todo ello amenazan a sus congregaciones
con el fuego del infierno.
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Notas de interés
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