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| "El
estado de salud de las mujeres es una vidriera donde se
exponen las desigualdades que padecen las mismas mujeres"
(Girls and Women: A UNICEF Development
Priority, 1993).
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La Salud también es una
cuestión de género
Sindicato Médico del Uruguay,
15 de Agosto, 1998
Luis Pérez Aguirre
Cómo sanar una lobotomía
La Comisión mundial sobre la salud de las mujeres
, creada por la Asamblea mundial de la salud en 1992 para
defender la salud de las mujeres, estima que es indispensable
considerar la salud de las mujeres desde una óptica
del conjunto de la vida, es decir, no sólo a través
de las diferentes etapas de la vida de una mujer sino también
en su contexto cultural, ambiental y sociohistórico.
El estado de salud de una mujer en un determinado período
de su vida depende de su situación en el período
precedente y tiene efectos no solamente sobre los períodos
siguientes de su vida, sino también sobre las generaciones
futuras. El lazo intergeneracional es una característica
única de las mujeres.
En este contexto decía el físico
estadounidense Brian Swimme que la postura mental patriarcal
de nuestra cultura es muy similar a una lobotomía frontal
y que sólo cuando los hechos científicos actuales
sean interpretados por una conciencia de género, recién
empezaremos a ver dónde estamos, quiénes somos
y qué estamos haciendo.
"La disposición mental patriarcal
de nuestra cultura es muy similar a una lobotomía frontal
(la extracción de uno o ambos lóbulos frontales
del cerebro donde está radicada la capacidad de razonar
y pensar). Creo que es importante que esto se entienda de
una vez por todas, porque sino uno está condenado a
una eterna indignación del alma. Y toda la indignación
del mundo no te lleva a ninguna parte si estás tratando
con alguien cuya mente ha sido opacada en sus capacidades
cognitivas y en su sensibilidad fundamental".
Swimme se refería especialmente a aquellos
que han sido fuertemente influenciados por una visión
científica que los ha entrampado en una mentalidad
dividida y son incapaces de ver lo que está justo allí,
frente a ellos. Por eso propone aprender a interpretar los
datos que les provee su fragmentada mente científica
desde la visión holística de género.
No es una banalidad afirmar que la ciencia
está lejos de ser neutral y que, además de raza,
clase social y credo, tiene también, como lo sostuvo
Evelyn Keller , sexo, el de los científicos. Históricamente,
no pocas investigaciones científicas (realizadas abrumadoramente
por varones) han interpretado y justificado una realidad de
sumisión como "innata", como si estuviese
inscrita en los genes, haciendo creer que facultades e interpretaciones
propias del varón son "por naturaleza" el
patrón universal.
En 1960 Valerie Saiving desafió la
posibilidad de formular afirmaciones universales acerca de
la naturaleza humana prestando atención sólo
a la experiencia de una mitad de la raza humana y se preocupó
en describir la estructura de la experiencia "femenina"
con el fin de demostrar su importancia hermenéutica.
Judith Plaskow eligió luego los hallazgos fundamentales
de Saiving aplicados a la teología para estructurar
una comprensión más elaborada y matizada de
cómo la experiencia de las mujeres socava los significados
universales . Es hora de caer en la cuenta que las ciencias
médicas y las políticas sanitarias no escapan
a esta problemática. Pero pocas son todavía
las investigaciones en el campo de la salud que se hayan planteado
con seriedad el problema de cómo afectan los factores
de género a la teoría misma del conocimiento
científico.
Entonces si no existe la posibilidad de hacer
afirmaciones universales sobre la naturaleza humana, menos
posible aún será afirmar la existencia de la
"mujer universal". Lo que significa mujer cambia
de una cultura a otra. Por eso siempre será más
adecuado que hablar de "género" como categoría
analítica y no de mujer. Pero además, como bien
lo afirma Henrietta Moore , debemos reconocer que existen
muchas diferencias entre mujeres al interior de una misma
cultura. "No es suficiente decir que la identidad de
género es modelada sólo por la cultura. La raza
y la clase afectan también de modo radical a la experiencia
de ser mujer dentro de una determinada cultura. El género,
entonces, no puede analizarse por sí mismo. La antropología
feminista debe describir cómo la raza y la clase son
experimentadas a través del género. El ser mujer
es inseparable de ser el tipo de mujer que una es" .
¿Qué es lo que determina la
naturaleza de la mujer? Si es la biología, o las expectativas
socio-culturales, o las experiencias históricas, ¿en
qué medida y proporción cada una? ¿Afecta
la biología a las mujeres en sus características
innatas de tal manera que las predispone hacia ciertas funciones,
a ciertas patologías y vulnerabilidades?
Janet Sayers en su trabajo Biological Politics
no duda en afirmar que la biología -según interactúa
con los factores socioeconómicos e históricos-
afecta de modo directo a la experiencia de las mujeres y a
cómo ellas viven las tareas dentro del orden social.
Afirma que además se deben tener en cuenta de modo
adecuado las diferencias materiales entre las mujeres. Un
embarazo, por ejemplo, o la maternidad, sin acceso a la independencia
económica, no es necesariamente una experiencia positiva
y uniforme para todas las mujeres.
Tampoco es razonable minimizar la importancia
de cómo las mujeres individuales experimentan sus diferencias
biológicas respecto de los varones. Sayers estudiará
cómo diferentes mujeres interpretan la realidad biológica
de la menstruación. "¿Afecta la experiencia
de la menstruación al potencial de las mujeres para
trabajar? Dirá que quizá algunas mujeres profesionales
(cita a mujeres pilotos, médicas o abogadas) no se
vean inhibidas en su competencia y eficacia debido a la menstruación,
pero contra cierta tesis social construccionista de algunas
feministas de clase media, que argumentan que sólo
las actitudes sociales negativas hacia la menstruación
y no la experiencia biológica misma afectan a la mujer,
Sayers señala que "las mujeres que trabajan en
empleos industriales mal pagados no se han beneficiado a menudo
de esta negación del efecto biológico directo.
Las mujeres de clase trabajadora que procuran acumular posibilidades
de licencia por dolor menstrual se han visto bloqueadas por
afirmaciones de que los efectos de la menstruación
se pueden elaborar social y psicológicamente y que
no son relevantes fisiológicamente. Similar al esencialismo
biológico, esta posición no sirve al interés
de todas las mujeres" .
La categoría de género en
la salud
Asombra ver cuántos todavía en el campo
de la salud apenas se preocupan por distinguir las categorías
de sexo y género. Cuántos usan estos términos
como si fuesen sinónimos e intercambiables. Por eso
es importante insistir en distinguirlos con precisión.
A los efectos de nuestro tema y siguiendo a Mercedes Navarro
podemos decir que sexo es el conjunto de datos biológicos
que caracterizan a una persona, como macho o hembra. Presupone
un canon biológico. Género, por su parte, es
una atribución cultural y social no necesariamente
coincidente con el sexo biológico. El género
es un compendio de características sociológicas
y psicológicas que se aprenden e interiorizan en una
determinada cultura y, en principio, divide a los seres humanos
en femeninos y masculinos, delimitando qué es lo uno
y lo otro. Más exactamente, género remite al
significado que cada cultura atribuye a cada uno de los sexos.
Así como existe actualmente un fenómeno
de incorporación desvalorizada de las mujeres a los
sistemas económicos, de la producción y del
mercado, provocando la llamada "feminización de
la pobreza" (y su concomitante que hace que la pobreza
de las mujeres sea invisible), me atrevo a decir que también
existe una feminización de la enfermedad y una concomitante
invisibilidad de ciertas patologías en las mujeres.
La "feminización de la enfermedad"
tiene que ver con el lugar que ocupan las mujeres en una sociedad
determinada. Sus patologías ignotas e invisibles no
tienen que ver con su condición biológica y
su sexo, sino con el lugar que ellas ocupan en la sociedad,
con las cargas y condiciones sociales, económicas,
laborales y religiosas que se les impone. Por ello, en cuestiones
de salud, de investigación médica, de políticas
sanitarias, etcétera, es fundamental aclarar que el
orden de géneros es construido, no depende de la genética,
sino que procede de costumbres, de una cultura determinada,
de tradiciones y de "pactos sociales". Las diferencias
biológicas están ahí, pero no son garantía
de que la condición femenina sea encarada adecuadamente.
Más aún, ellas pueden convertirse en justificativo
de ideologías que encubren una realidad inaceptable,
un orden dominante injusto. Lo biológico, las diferencias
sexuales, no pueden justificar ni inferioridades ni superioridades
en el campo de lo humano. Esas escalas son producto de diferencias
que se establecen en el ámbito de lo social socavando
la condición de la mujer en todos los campos. El de
la salud no escapa a esta ecuación de hierro.
De ahí que sea esencial cambiar algunas
convicciones que creíamos "naturales". La
teoría de género trata de desentrañar
cómo se construye el ser mujer o ser varón sobre
los cuerpos sexuados femeninos o masculinos . Género
proviene etimológicamente del latín genus, generis,
que tiene que ver con origen y nacimiento. Femenino y masculino
son construcciones socioculturales y no biológicas.
Estas nociones han vertebrado desde siempre a las sociedades,
convirtiendo las diferencias anatómicas en desigualdades
sociopolíticas. La confusión entre género
y sexo es perversa porque invisibiliza "lo natural"
del varón por un lado y "lo cultural" de
la mujer por el otro. No hace justicia a ninguno de los géneros
ni a lo humano en general.
Es fácil ver que la mera diferencia
sexual no podría nunca definir lo femenino por más
que el factor de la sexualidad humana tenga una verificación
más exacta que en otras especies. Esa diferencia que
se concreta privilegiadamente en el sexo cromosómico,
en el sexo gonádico y el sexo hormonal está
lejos de definirnos a la mujer. Baste hacer la prueba sobre
nuestra reacción al decir que la «hembra»
de la especie humana está constituida por la fórmula
cromosómica 44A+XX, por la presencia de la glándula
primaria genital del ovario y por la actuación del
las hormonas sexuales femeninas. Es obvio que con esta afirmación
no vamos mucho más allá de la peculiaridad anatómica
y fisiológica de la «hembra humana».
El superar estos niveles de significado de
la condición femenina y el establecer su "relación"
con otros niveles de significación es vital para luchar
contra la injusticia del machismo y el patriarcado en cualquier
campo, máxime en el de la salud. Es verdad que para
entender la identificación femenina es imprescindible
la referencia a su sexualidad, pero no basta.
Por eso en 1975 la antropóloga Gayle
Rubin afirmaba con verdad que el enfoque de género
adquiere un interés epistemológico de primer
orden para abordar la realidad de la mujer porque es "el
conjunto de operaciones mediante las cuales una sociedad transforma
la sexualidad biológica en productos de la actividad
humana". Por su lado, Fina Birulés, prologando
un libro de varias autoras sobre Filosofía y género,
afirmaba que el uso de la categoría de género
ha hecho posible que los estudios feministas hayan entrado
en los ámbitos académicos; pero también
constata la imprecisión que aún subsiste en
la formulación de dicho concepto el cual funciona a
veces como una «hoja de parra» (que oculta más
que lo que muestra) o como «un cajón de sastre»
(donde todo cabe) .
La identidad sanitaria femenina
Es necesario desembocar en lo que Capra define como una "ecología
profunda", enraizada en una nueva percepción de
la realidad, que vaya más allá de la estructura
científica, que llegue a un nuevo conocimiento y a
una sabiduría intuitiva de la realidad, de la unidad
de la vida y de sus múltiples ciclos de cambio. Así
irá emergiendo una nueva conciencia con la que la persona
se sentirá su salud vinculada a la totalidad del cosmos.
El cuerpo de la mujer sigue representando
un punto central de la cuestión sanitaria femenina:
pero ese cuerpo con el que se identifica a la mujer en su
diversidad natural respecto del varón sigue pasando
hoy por una suerte de prisión natural y cultural. Ese
cuerpo que aparece con las características típicas
de un cuerpo enjaulado, impide a la mujer expresarse y ser
reconocida como persona. Es la mujer objetivada y objeto de
una cultura patriarcal, producto para el lucro junto a los
escaparates del marketing sanitario, que tiene negada su condición
de sujeto.
Más allá de que la lucha por
la liberación de la mujer pase por su cuerpo enjaulado,
el acceso a ser persona pasará por la toma de conciencia
de que el enfoque funcional, el pensar que sólo ha
sido creada para una función específica es,
en la cultura patriarcal, sinónimo de inferioridad,
de desigualdad y de dependencia. Urge deslindar la identificación
total entre cuerpo femenino y función de la mujer.
La liberación debe atravesar el cuerpo femenino para
llegar a proponer un nuevo paradigma de ella y una nueva imagen
socio-cultural que sea nacida de la ruptura con la identificación
social patriarcal.
El paso de lo que podríamos definir
-con una truculencia del lenguaje- como "hembra humana"
a "mujer" no se debe entender como una sucesión
cronológica, sino como una variación posible
dentro de la realidad humana. La distinción entre "hembra"
y "mujer" radica en que se nace hembra y se llega
a ser mujer. El ser mujer pertenece al ámbito de la
historia. No se nace mujer, sino que la mujer deviene, se
hace...(socio-culturalmente). En este sentido el ser mujer
pertenece no sólo al universo psico-físico,
sino también al universo socio-cultural. Es conocido
que los estudios de antropología cultural, al poner
de manifiesto el carácter relativo de las formas culturales
femeninas, han resaltado la condición histórica
de la mujer. Lo mismo están haciendo los actuales estudios
de crítica histórica y social sobre la condición
femenina. El campo de la salud no puede quedar rezagado ante
esta realidad como lo está hoy.
Se debe advertir que una concepción
típica de nuestra cultura occidental contemporánea
fragmentó la concepción de naturaleza con dualismos
y dicotomías entre persona y naturaleza, entre varón
y mujer. Por el contrario, las cosmologías de nuestros
ancestros hacían de la dualidad una unidad de complementos
inseparables entre sí. La creación llevaba para
ellos el signo de una unidad dialéctica, de diversidad
dentro de un principio unificador. Y esa armonía dialéctica
entre los principios masculino y femenino, entre naturaleza
y persona, se transformaba en la base del pensamiento y la
acción. Al no haber dualidad conceptual entre hombre
y naturaleza y porque la naturaleza sustenta la vida, ésta
había sido siempre tratada como integral e inviolable.
Ese concepto era diario y regía la vida cotidiana.
No sería menos deseable que la investigación
y la práctica en el campo de la salud humana volviera
esto muy en cuenta como lo tuvo en otras etapas culturales.
Conocimiento, género y salud
Ahora cabe entonces preguntarnos por el fundamento último
de la investigación científica en el campo de
la salud, de la práctica médica y de las políticas
sanitarias. En el fondo nos estamos preguntando por el fundamento
de la existencia humana. Ya no podemos esquivar ese interrogante
que tarde o temprano debe plantearse quien lucha por la salud
de esa existencia.
En los comienzos de nuestra cultura se puso
el Logos griego como fundamento y en los albores de la modernidad
el cogito, la razón cartesiana. Pero hoy ya nadie sostiene
que la razón explique y abarque toda la realidad. Ya
la razón dejó de ser el primer y el último
momento de la existencia humana. Porque somos conscientes
de que la existencia humana está abierta hacia arriba
y hacia abajo de la razón. Existe lo a-racional y lo
i-rracional. Abajo existe algo todavía más antiguo,
más profundo, más elemental y más primitivo
que la razón: la sensibilidad. Hacia arriba, se abre
la experiencia espiritual, la totalidad del yo dimensionado
hacia la totalidad. Por detrás de lo real, no hay únicamente
estructuras, sino sentido gratificante o castigante, simpatía,
afectividad y ternura.
"La experiencia humana-base es el sentimiento.
No es el cogito, ergo sum (pienso, luego existo) de Descartes,
sino el sentio, ergo sum (siento, luego existo); no es el
Logos sino el Pathos, la capacidad de ser afectado y de afectar:
la afectividad... La base ontológica de la psicología
profunda (Freud, Jung, Adler y sus discípulos) reside
en esta convicción: "la estructura última
de la vida es sentimiento, es afectividad y son las expresiones
que de ellos se derivan: el Eros, la pasión, la ternura,
la solicitud, la compasión, el amor... Sin embargo,
debemos entender correctamente el sentimiento no sólo
como moción de la psique, sino como "cualidad
existencial", como estructuración óntica
del ser humano, que es todo él (y no sólo la
psique humana) afectividad como modo de ser".
Una investigación que sea sensible
a la problemática de género partirá de
la convicción de que el sentimiento (Pathos) y la "sensibilidad"
no se oponen al Logos (comprensión racional) sino que
son una forma de conocimiento mucho más abarcante y
profunda que la razón porque la incluyen y la desbordan.
Esto lo expresó maravillosamente Blaise Pascal, pensador
a quien nadie le puede achacar el desprecio de la razón,
ya que fue uno de los creadores del cálculo de probabilidades
y constructor de la máquina de calcular. Pascal llegó
a afirmar que los primeros axiomas del pensamiento son intuidos
por el corazón y que es el corazón el que pone
las premisas de todo posible conocimiento de lo real. Nos
dice que el conocimiento por la vía del sentimiento
(del Pathos) se asienta en la simpatía (el sentir-con
la realidad) y se canaliza por la empatía (sentir-en,
dentro de, identificado con la realidad sentida). Martin Heidegger,
por su lado, consideraba la ternura (Füsorge) y la solicitud
(Sorge) como el fenómeno estructurador de la existencia.
Estamos afirmando que en el origen no está
la razón, sino la pasión (Pathos y Eros). La
misma razón actúa movida, impulsada, por el
Eros que la habita. Pathos no es mera afectividad, mera pasividad
que se siente afectada por la existencia propia o ajena; es
principalmente una actividad, un tomar la iniciativa de sentir
e identificarse con esa realidad sentida. Y el Eros no supone
un mero sentir, sino un con-sentir. No es una mera pasión,
sino una com-pasión. No es un mero vivir, sino un con-vivir,
sim-patizar y entrar en co-munión. Y hacerlo con entusiasmo,
con ardor, con creatividad que se sorprende, se maravilla
y se abre a lo fascinante de lo nuevo que surge en esa fusión.
Lo propio de la razón es dar claridad, ordenar y disciplinar
la dirección del Eros. Pero no está sobre él.
La trampa en que cayó nuestra cultura es la de haber
cedido la primacía al Logos sobre el Eros desembocando
en mil cercenamientos de la creatividad y gestando mil formas
represivas de vida. La consecuencia es que se sospeche profundamente
del placer y del sentimiento, de las "razones" del
corazón. Y entonces campea la frialdad de la "lógica",
la falta de entusiasmo por cultivar y defender la vida, es
la muerte de la ternura. No en vano el Ernesto "Che"
Guevara gustaba decir que "hay que endurecerse, pero
sin perder la ternura"! Sin temor a parecer ridículos
tenemos que defender y entender al ser humano como ternura.
Porque el ser humano se caracteriza por ser capaz de amar,
pero la ternura nos zafa de la trampa del lenguaje. Porque
la palabra "amor" está desprestigiada, tiene
demasiados sentidos que rayan en la contradicción.
El dictador puede amar a sus secuaces y el demonio a sus ángeles.
El avaro ama a su dinero... Pero al hablar de la ternura nos
estamos refiriendo al agapé. Desgraciadamente nosotros
en castellano sólo tenemos la palabra amor para designar
una experiencia tan profunda y polifacética.
Los griegos tenían varias palabras
para referirse a diferentes cualidades del amor. Erao es una
de ellas. Significa el amor (romántico) de atracción
mutua entre el hombre y la mujer. Esa "electricidad"
que se da entre dos seres que se enamoran. El eros es un dinamismo
de vínculo y de creatividad, que abre espacios a lo
simbólico, a la poesía y a la belleza. Por eso
aún en el exilio o en la cautividad el pueblo puede
hacer fiesta y celebrar sus memorias. El eros educa nuestro
deseo en la dirección del bien y de la verdad, posibilitando
proyectos nuevos. Las otras palabras son stergo (el amor familiar
y cariñoso y fileo, que expresa el amor de amistad,
el afecto cálido que se siente entre amigos. Y finalmente
agapao, que expresa el amor de benevolencia, que sale de uno
y va hacia el tú, capaz de darse gratuitamente sin
medida, hasta dar la vida sin esperar nada en retorno. En
el caso de los cristianos no es menor que San Juan lo use
para definir a Dios (1Jn 4,8.16) y que también diga
que "no hay amor (agapao) más grande que dar la
vida por los amigos (filos)" (Jn 15,13).
Género e investigación en
salud
Quizás ahora quede más evidente la vinculación
entre el género con el conocimiento y la investigación
médica. Quienes vienen trabajando con una sensibilidad
y una óptica de género no se cansan de advertir
que "al aplicar los métodos tradicionales desarrollados
para las ciencias naturales de estudios de los seres humanos,
los investigadores han hecho "objetos" de las personas
que estudian. La experiencia humana, la cual siempre ha tenido
gran impacto en la salud humana, especialmente la de la mujer,
ha sido sistemáticamente eliminada de los enfoques
empíricos. El resultado es una explosión de
tecnología a costas de la sensibilidad humana"
y los paradigmas científicos terminan reflejando como
espejo el contexto social y cultural en los que fueron concebidos.
"La investigación se ha vuelto una competencia
masculina en su selección y definición de los
problemas estudiados, sus métodos y sujetos experimentales
utilizados y sus interpretaciones y aplicaciones de los resultados
experimentales"
Existirá entonces una "ciencia
correcta", una "ciencia buena" y otra que se
descarta o desprecia. La "buena" es aquella que
aparece como objetiva (separa observados de observadores);
neutral (incluye sólo la medición empírica
de datos observables) y reduccionista (observa solamente una
parte del todo aislado del resto). Las variables a estudiar
se definirán en declaraciones de relaciones causales,
de hipótesis, que luego se verifican o falsean en el
estudio. Otras variables, como la de género, se considera
que están demás y no se introducen en el diseño.
La relación investigador-sujeto será jerárquica
y el investigador, que debe estar siempre en control de todo
el proceso, se considera el experto
Esta manera que podríamos llamarla
"clásica" de hacer investigación,
considera que las variables propias del género, que
son de tipo social y cultural, confunden o desnaturalizan
el proceso investigativo y trata de controlarlas o evitarlas
para que no interfieran con una pretendida "objetividad"
inherente al método científico considerado "bueno"
o correcto. Esta manera de investigar generalmente dejará
fuera las experiencias y los puntos de interés y de
vista de las mujeres. Sherwin llegó a la conclusión
de que los investigadores, anticipando que las mujeres van
a responder de una manera diferente que los varones, con otros
códigos, y que por ello generalmente "distorsionan"
los datos de la investigación, escogen preferentemente
a varones como sujeto empírico. Esta decisión,
como es obvio, deja a los profesionales sin la información
adecuada para el tratamiento específico de las mujeres
en muchos campos de la salud .
Sabemos que las mujeres están más
acostumbradas que los varones a tomar drogas con o sin prescripción
médica y se calcula que el 70% de las medicaciones
psicotrópicas han sido recetadas para ellas, sin embargo,
paradójicamente, las mujeres han sido excluidas de
la mayor parte de la investigación clínica farmacológica
. Rosser cuenta que un estudio longitudinal sobre los efectos
de drogas para reducir el nivel de colesterol reclutó
3806 hombres y ninguna mujer; de igual manera que en un estudio
sobre los efectos de la Aspirina en enfermedades cardiovasculares,
ninguna mujer estaba incluida
Jevne y Oberle nos muestran todo lo que se
juega si quedamos impávidos ante esta postura "científica"
y para ello distingue entre la investigación tradicional
y la que tiene en cuenta el factor de género: "consideremos
el uso de agentes paralíticos como es el pancuronium
bromide (Pavulon). En una prueba clínica tradicional,
podrían comparar esta droga con otra utilizando un
diseño experimental. La efectividad de la droga en
prevenir el movimiento voluntario muscular y la ocurrencia
de efectos secundarios pueden ser variables dependientes.
Mientras que este tipo de investigación es importante,
también es importante estudiar la experiencia de gente
que está paralizada químicamente. No podría
ser esclarecedor preguntar "¿Cómo se siente
estar prisionero en el cuerpo de uno, sin poder parpadear
un ojo?" "Cómo se siente tener dolor y no
poder moverse para cambiar de posición?" "¿Qué
te ayudó para sentirte mejor cuando estabas paralizada?"
"¿Qué importaba más?" Preguntas
de este estilo no se presentan fácilmente a una prueba
clínica controlada" .
El género en la choza
Trabajar por la salud y los derechos humanos de la persona
es comulgar con el otro (entendido como individuo o como persona
colectiva), hacerlo con entusiasmo, con ardor, con una creatividad
que se sorprende, se maravilla y se abre a lo fascinante de
lo nuevo que surge en esa relación.
A partir de esta situación nos introducimos
en un problema metodológico mayor: no se puede trabajar
por la salud desde cualquier lugar ni desde cualquier disposición
interior. En nuestros profundos fracasos de las políticas
sanitarias en realidad lo que falló hasta hoy no ha
sido la teoría o el conocimiento, sino el lugar desde
donde pretendimos investigar y actuar. Es pertinente recordar
al respecto aquella frase de Engels (que ya es casi un refrán
popular) de que «no se piensa lo mismo desde una choza
que desde un palacio» . Tan simple afirmación
constituye, a mi entender, una de las conquistas más
profundas e importantes del pensamiento contemporáneo
y una contribución insustituible para la teoría
del conocimiento. Lo que está afirmando Engels con
su «perogrullada» es que, aunque la verdad sea
absoluta, no lo es nuestro acceso a ella. Es decir, que aunque
sea posible para la persona un cierto acceso a la verdad,
ese acceso nunca será «neutro» e incondicionado.
Y digo más, nosotros deberíamos ser capaces
de completar el «efecto» de la afirmación
de Engels diciendo que «no se siente (se ve o se experimenta)
la realidad lo mismo desde una choza que desde un palacio».
Esto es de capital importancia para trabajar
en la salud. Aún suponiendo la mejor intención,
la mejor buena voluntad y los mejores talentos intelectuales,
hay lugares desde los que, simplemente no se ve la realidad,
no se siente la realidad que nos abre a los requerimientos
(de salud o de derechos) del otro, al amor y a la solidaridad.
Porque nadie puede pretender mirar o sentir los problemas
humanos, la violación de los derechos y de la dignidad
humana, el dolor y el sufrimiento de los otros, desde una
posición «neutra», absoluta, inmutable,
cuya óptica garantizaría total imparcialidad
y objetividad. Entonces hay lugares, posiciones personales,
desde los que simplemente no se puede trabajar en el campo
de la salud. La cosa es así de simple, y así
de grave caer en la cuenta de ello y sacar las consecuencias
pertinentes. La experimentación que hicieron los nazis
durante la última guerra mundial son por demás
aleccionadores en esto que decimos. Entonces urge preguntarnos
¿dónde estoy parado, dónde están
mis pies en mi práxis médica? Porque la cuestión
es saber si estoy ubicado en el «lugar » correcto
para mi tarea.
El lugar es tan o más decisivo para
la tarea que la calidad de los contenidos que quiero instrumentar
en las políticas de salud o en cualquier práctica
médica. Es pertinente pues, en la mayoría de
los casos, una ruptura epistemológica. La clave para
entender esto se encuentra en la respuesta que cada uno demos
a la pregunta por el «desde dónde» actúo,
la pregunta por el lugar que elijo para mirar el mundo o la
realidad, para interpretar la historia y para ubicar mi práctica
en ella.
El eminente educador Ignacio Ellacuría,
asesinado vilmente en El Salvador por unos militares oscurantistas,
hablando de la opción por los pobres que había
hecho la Universidad Centroamericana de la que era Rector,
decía que la tarea (educativa) implica «primero,
el lugar social por el que se ha optado; segundo, el lugar
desde el que y para el que se hacen las interpretaciones teóricas
y los proyectos prácticos; tercero, el lugar que configura
la praxis y al que se pliega o se subordina la praxis propia»
Y en la raíz de la elección
de ese lugar social está la indignación ética
que sentimos ante el dolor y la enfermedad injustamente producidos,
ante la violación de la dignidad y los derechos de
la persona concreta: el sentimiento de que la realidad de
injusticia que se abate sobre los seres humanos en forma de
limitación a la salud (todo tipo de enfermedades evitables,
producto de carencias materiales) es tan grave que merece
una atención ineludible; la percepción de que
la propia vida perdería su sentido si fuera vivida
de espaldas a esa realidad. El punto de vista de los satisfechos
y los poderosos termina inevitabllemente enmascarando la realidad
del dolor para justificarse. Nunca será posible defender
la salud desde la óptica del centro y el poder, ni
siquiera desde una pretendida neutralidad. Esa práctica
estará condenada de antemano a anularse y a caer sobre
sí misma cuando afronte la prueba de los hechos. Mi
amigo Mario Benedetti decía con lúcida precisión
que "todo es según el dolor con que se mira".
Y es esa mirada sensible y doliente la que nos ha quitado
el neoliberalismo, que sólo ha sabido darnos una mirada
concupiscente, egoísta, miedosa, una mirada colérica
o despectiva sobre la realidad. Nuestra convicción
es que sólo aquella mirada doliente sobre la realidad
de las víctimas nos hace verdaderamente humanos.
Para trabajar en salud es obligatorio adoptar
el lugar social del sufriente. ¿Cómo sanar sin
actuar desde el lugar debido? Porque no desde cualquier lugar
de práctica sanitaria se puede discernir y actuar correctamente
y con fruto. Parece que los agentes de salud a veces no aprenden
más que la mitad de la lección. Se afanan en
conocer y prepararse pero estando ubicados en un mal sitio,
y por eso no ven nada con nitidez. Ese es el problema de la
salud cuando no entendemos esto, nuestra práctica sanitaria
está condenada a un mero reflejo de nosotros mismos
porque nos ubicamos en el lugar incorrecto.
Me gustaría concluir con un poema de
Alice Walker inspirado en una situación en la que Jesús
de Nazaret cura a una mujer enferma desde hacía 18
años y que es narrada por Lucas en su evangelio (13,
10-13.18-21). "Jesús cuando la vio, la llamó
y le dijo: -Mujer, quedas libre de tu enfermedad".
En el poema de Alice Walker, la mujer se convierte
en un paradigma tanto de la opresión patriarcal como
de la tierra nueva (basileia) y la mujer nueva, un signo de
esperanza para hoy y para el futuro:
¿Recuerdas?
¿Me recuerdas?
Soy la chica
de la piel oscura
y los zapatos gastados.
Soy la chica
con dientes cariados.
Soy la chica
negra de los dientes podridos
con el ojo herido
y la oreja destrozada.
Soy la chica
que sostiene a sus hijos,
cocina sus comidas,
barre sus patios,
lava sus ropas.
Oscura y pudriéndome
y herida, herida.
Yo daría
a la raza humana
tan sólo esperanza.
Soy la mujer
con la piel oscura bendecida.
Soy la mujer
con los dientes arreglados.
Soy la mujer
con el ojo sanado,
con la oreja que oye.
Soy la mujer: Oscura,
arreglada, curada,
que te escucha.
Yo daría
a la raza humana
tan sólo esperanza.
Soy la mujer
que ofrece dos flores
con raíces gemelas.
Justicia y Esperanza.
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Notas de interés
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