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Palabras
de la periodista Marta Vassallo en la presentación
del libro En nombre de la vida
Foro de Género de las Américas,
7 de abril de 2005
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Los integrismos religiosos,
un fenómeno contemporáneo
Es un placer volver a estar
reunidos los integrantes de esta mesa, ya lo estuvimos en
un panel en el último Foro Social Mundial en Porto
Alegre, en el pasado mes de enero. Entonces este volumen estaba
en preparación todavía. En ese panel, bajo una
carpa donde enormes ventiladores peleaban contra el calor
agobiante, nos referimos a distintos aspectos del desarrollo
de los integrismos religiosos como fenómeno estrictamente
contemporáneo, no mero resurgimiento de anacronismos;
del conflicto planteado entre esos integrismos y los Estados
laicos; Juan Marco se refirió a la crisis de las sociedades
seculares, a sus limitaciones, y al concomitante desarrollo
de disidencias internas dentro de las grandes religiones,
concretamente del cristianismo. Uno de los ejemplos de desarrollo
de esas disidencias era la corriente de Católicas por
el Derecho a Decidir. A propósito de ellas, puso de
relieve esa diferencia tan significativa a su entender entre
el disidente (el que persiste en su discrepancia sin abandonar
el terreno común, como hacen Católicas por el
derecho a decidir) y el desertor (el que lo abandona con la
idea de abrirse otro espacio).
Yo, desertora
Ahora que el libro está publicado, empezamos a sentirnos
más cómodos con las cuestiones abordadas, podemos
empezar a pensar más libremente y selectivamente sobre
los temas que nos ocuparon y sobre los que trabajamos en una
carrera contra el reloj.
En este proceso de elaboración de algunas
ideas y algunos datos en contacto con Católicas por
el Derecho a Decidir, especialmente con Marta Alanis, con
quien más frecuentemente me comuniqué, me he
preguntado muchas veces por qué yo, que soy lo que
Juan Marco Vaggione denomina una desertora, me había
embarcado en este trabajo, y encontraba un atractivo en él,
al mismo tiempo que conflictos y contradicciones.
Formación/Ruptura
Como tanta gente, yo tuve formación cristiana en mi
infancia. Ya sabemos que esas formaciones que no elegimos
nos configuran mucho más profundamente de lo que nos
damos cuenta. También como mucha gente, ya en la adolescencia
decidí que la pertenencia a la institución Iglesia
Católica era incompatible con cuestiones que en ese
momento me atraían de manera prioritaria, desde la
búsqueda de relaciones personales más auténticas
a la lucha contra la explotación, contra las discriminaciones.
Seguramente no sabía hasta qué punto esas opciones
mías estaban vinculadas con el conocimiento del Nuevo
Testamento, con la fascinación por una suerte de moral
revolucionaria que yo había intuido allí y que
no veía respetada en las políticas eclesiales.
Ahora tampoco lo sé.
En ese movimiento de ruptura interna, el personaje
de Jesús quedó allí en el medio, no como
hijo de Dios, sino como el emblema del mártir, del
que afronta la muerte por haberse atrevido a decir una palabra
nueva. Capitalizado por quienes eran sus enemigos, por quienes
serían los primeros en crucificarlo de nuevo si hoy
lo tuvieran delante, como sucede en ese capítulo extraordinario
de Los hermanos Karamasov de Dostoeivski que se llama "El
gran Inquisidor". Allí, Cristo reaparece en la
Sevilla del siglo XVI, en medio de las quemas de herejes,
y el jefe de la Inquisición lo encarcela y en un largo
monólogo le recrimina haber dejado a los seres humanos
librados a todas sus incertidumbres, librados a la libertad.
Aportes de teologías disidentes
Pero en mis intercambios con Católicas
por el Derecho a Decidir conocí algunos análisis
de pasajes del Nuevo Testamento hechos desde teologías
disidentes. En esos análisis las respuestas de Jesús
a los fariseos sobre el divorcio (que en esa sociedad era
el repudio de la mujer por el marido), los episodios de la
samaritana o de la adúltera, perfilaban un personaje
cuyo trato con las mujeres era por sí solo un desafío
a la moral social de su tiempo.
En esos análisis tan sutiles, y tan
novedosos para mí, yo encontraba curiosamente una familiaridad.
Hacían que reapareciera ese Jesús que me había
atraído de chica, que escapaba de las instituciones,
ese personaje inexplicablemente esgrimido por quienes a mis
ojos de adolescente aplicaban una moral contraria a la preconizada
en el Nuevo Testamento (una moral según la cual era
un crimen ser madre soltera, pero la conquista de América
no lo era; era un crimen tener otra religión, o no
tener ninguna, pero no apoyar los sucesivos golpes de Estado,
etc). Muy a posteriori he pensado en cuántas cosas
forma el cristianismo: por ejemplo en las vicisitudes de las
acciones transformadoras, con sus riesgos de cooptación.
Esa tensión trágica entre la irrupción
de lo nuevo y su institucionalización, su reabsorción
en formas anteriores, rechazadas, de poder.
La revista Concilium
Conocí también números de la revista
Concilium, que nos recomendó el padre Mariani en el
curso de una entrevista que tuvimos con él en la ciudad
de Córdoba. Justamente, entre los fundadores de esa
revista se cuentan Kark Rahner, uno de los referentes de la
Teología de la Liberación, en la medida en que
se trata de una teología inmanente al mundo; una teología
que acepta la secularización como un hecho, y piensa
el catolicismo dentro del espacio de la secularización;
también Hans Kung, el teólogo disidente que
nos habilita con su autoridad a hablar de un fundamentalismo
católico, no ya remitido al texto de la Biblia, como
en el fundamentalismo evangélico, sino remitido a los
Concilios más antimodernos, especialmente el de Trento
y el Vaticano I.
Influencia de los estudios históricos
y antropológicos
Conocí interesantes estudios de carácter histórico
y antropológico hechos por los grupos de Católicas
por el Derecho a Decidir, especialmente en México.
Y empecé a entender lo que querían decir las
militantes de Católicas a quienes había visto
en los Encuentros Nacionales de Mujeres enfrentar a las catequistas
enviadas por los obispados provinciales diciendo: "Yo
soy la Iglesia, nosotras somos la Iglesia". (Mi primera
reacción era pensar: Y cómo no se va de la Iglesia
Católica si no está de acuerdo).
El estudio del fenómeno del regreso
de las religiones en su doble vertiente: la de los fundamentalismos,
la más visible, la más estridente, pero también
la de la profundización de las dimensiones críticas
dentro de las religiones, no hace más que reafirmar
la importancia y la vigencia de los sentimientos y creencias
religiosas. También estudiar la enorme brecha que en
tantos casos las separa de los intereses creados y de las
políticas de sus respectivos cleros, esa brecha sobre
la cual trabajan las Católicas por el Derecho a Decidir.
He llegado a conclusiones que no aparecen
en el libro pero que considero lo más importante que
sucedió durante el proceso de su elaboración:
sobre el telón de fondo de la conciencia respecto de
la complejidad y profundidad de la transición histórica
que vivimos, surge la evidencia de que no podemos darnos el
lujo de desdeñar esas dimensiones críticas del
catolicismo como potenciales fuentes de un compromiso social
que se oponga a la ley del más fuerte, que combata
la preservación de privilegios.
La tradición judeocristiana y la
secularización social
Una cuestión crucial que surgió de estos intercambios
fue el de las complejas relaciones entre la tradición
judeocristiana y la secularización social. Si bien
para corrientes tradicionalistas la secularización
es una aberración de esa tradición, y judaísmo
y cristianismo serían opuestos a la modernidad, hay
otras corrientes desde las cuales la secularización
es en cambio considerada como una culminación de esa
tradición judeocristiana. Por lo tanto, algunos de
los desarrollos característicos de la modernidad laica
como la emancipación de la mujer serían compatibles,
aun más, serían precisamente fruto de esa tradición.
En ese sentido la condena de toda sexualidad
que no esté orientada a la procreación, la exclusión
de las mujeres del sacerdocio, que son algunas de las formas
más estridentes del tradicionalismo católico,
no tienen por qué verse como condiciones sine qua non
para ser un buen cristiano. Nociones como la de libertad de
conciencia son genuinamente católicas, y acorde con
ellas, las mujeres accedemos a la condición de sujetos
morales capaces de decisiones sobre nuestras vidas y sobre
la vida colectiva.
Yo no he vuelto a ser una persona religiosa,
ni tengo respuestas respecto de cómo pueden evolucionar
estas perspectivas minoritarias dentro de las grandes religiones
monoteístas, expresiones paradigmáticas del
patriarcado. Pero la experiencia indica que no es la ausencia
de las distintas formas de fe religiosa lo que garantiza sociedades
donde se vive con más libertad, sino que muchos confinamientos,
discriminaciones y exclusiones se operan sutilmente con supuestos
fundamentos científicos y culturales no determinados
por ninguna fe.
Por último, en las luchas por la justicia,
no importa la forma que hayan tomado, siempre hemos contado
con el protagonismo activo y la solidaridad inapreciable de
personas que cultivaron una forma personal de la fe, muchas
veces contra sus propias autoridades eclesiásticas,
y también contra la reticencia y aun el desprecio que
se les oponía y se les sigue oponiendo desde quienes
sostienen que esas luchas sólo pueden ser libradas
eficazmente desde premisas materialistas o antirreligiosas.
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