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La bronca y la memoria
(Sobre la indignación de las
mujeres católicas frente a la jerarquía eclesiástica.)
8 de abril de 2005
Por Marta Alanis *
Es una pena para la comunidad de fieles católicos que
haya tantos obispos argentinos que comparten la posición
del obispo Antonio Baseotto no sólo en relación
con el aborto, sino también en la complicidad con la
dictadura militar. Ellos no pueden entender que la despenalización
del aborto es para salvar vidas de muchas mujeres y que el
derecho al aborto es un derecho de las mujeres. No saben de
salvar vidas y no saben de derechos humanos los que fueron
cómplices de la dictadura militar.
Es obvio que el conjunto de la feligresía católica
no puede sentirse culpable por los atropellos de la jerarquía.
Somos muchas las personas que hemos aprendido la fe católica
y hemos tomado de las enseñanzas de Jesús los
mejores valores que han guiado nuestras vidas. Muchas mujeres
católicas que en su juventud optaron por la militancia
en la izquierda fueron víctimas del terrorismo de Estado
bendecido y asesorado por una cúpula eclesial, mujeres
presas, mujeres en el exilio, mujeres en los campos de concentración.
Entre ellas recordamos y nombramos especialmente a las monjas
francesas desaparecidas Alice Domon y Leonie Renée
Duquet.
Pero no sólo mujeres, laicos, religiosos y hasta un
obispo como Enrique Angelelli fueron perseguidos, torturados
o muertos en esos tiempos de la dictadura por ser fieles al
Evangelio y haberse jugado por lo que creyeron. Queremos rendir
homenaje a todas y a todos los que perdieron su vida por vivir
el Evangelio de manera radical y nombramos también
a Salvador Barbeito, José Barletti, Carlos de Dios
Murias, Pedro Dufau, Héctor Ferreiros, Alfredo Kelly,
Alfredo Leaden, Gabriel Longueville y Carlos Mugica y seguramente
habría una lista muy larga si conociéramos el
nombre de cada uno, de cada una, que inspiradas en la fe se
comprometieron con el prójimo/a porque se conmovieron
y se indignaron ante la injusticia.
En el 29 aniversario del golpe militar es justo recordar a
los/las 30.000 desaparecidos/as y recordar sus rostros, sus
compromisos, sus valores, sus ideales y saber que entre ellos/as
había personas de diferentes religiones y muchas que
renegaban de su pertenencia religiosa justamente por el espanto
que les causaba "los compromisos" de la jerarquía
católica con la dictadura tan lejos del Evangelio y
tan lejos de la gente.
Angelelli, ese obispo cordobés de gran corazón,
decía siempre: "Con un oído en el Evangelio
y otro en el pueblo", en ese pueblo del que somos parte
las mujeres con nuestras demandas y nuestras luchas también.
Para él ésa era la clave para los cristianos
y así lo enseñaba y por eso lo mataron. Escuchar
el clamor de la gente y leer el Evangelio con el corazón
abierto para comprender, para caminar juntos, para encontrar
la tan ansiada justicia, que hoy sigue siendo una necesidad
imperiosa para todas y todos en este país, eran motivos
suficientes para perder la vida.
El proyecto inclusivo de Jesús fue y sigue siendo subversivo.
Ese espíritu del Evangelio es negado por los que prefieren
defender un determinado orden y un sistema donde tienen privilegios.
Aquellos que hoy están pidiendo que tiren gente al
mar, como en los vuelos de la muerte, invocan (fuera de contexto)
pasajes del Evangelio donde Jesús utilizaba palabras
propias de la época para conmover a los poderosos que
atentaban contra humildes y pequeños. Pero nunca la
jerarquía usó esta expresión para condenar
a los curas que abusaron sexualmente de niños, de niñas,
de seminaristas, de mujeres, de religiosas. Qué condena,
qué reflexión, qué corrección
proponen para Mons. Storni o el padre Grassi que fueron, entre
muchos otros, denunciados y procesados por abuso sexual en
nuestro país.
La oposición permanente de la jerarquía católica
a la anticoncepción y a la despenalización del
aborto habla a las claras de la intención de someter
a las mujeres a una maternidad forzada. No puede una mujer
ser madre por coerción o por destino y mucho menos
como consecuencia de una violación. Es por eso que
defendemos el derecho a la maternidad elegida y denunciamos
que la maternidad forzada es una violación a los derechos
humanos de las mujeres. Además, la doctrina de la Iglesia
en estos y otros temas reconoce la libertad de conciencia
y toda vez que una persona se encuentra ante un dilema ético
no sólo puede, sino debe decidir en base a su propia
conciencia. El fanatismo y la intolerancia de los sectores
fundamentalistas católicos ponen en evidencia el parentesco
que tienen con el fascismo, sosteniendo un sistema de poder
patriarcal, capitalista y excluyente que afecta a todos los
sectores postergados, empobrecidos o discriminados en nuestras
sociedades, pero afecta de manera especial a las mujeres.
También nos duele y nos indigna que esté presa
en Jujuy Romina Tejerina, violada y embarazada por su violador,
negada en su derecho de abortar, en tremenda situación
de violencia psicológica, quien da a luz al hijo producto
de la violación y le quita la vida. Para ella no hay
atenuantes, no hay un oído que escuche su dolor y comprenda
desde el Evangelio, desde la justicia. Para ella sólo
el silencio y el olvido y de eso mejor no hablar. Triple víctima:
por el violador, por la ley que no le permitió acceder
al aborto y luego juzgada y encarcelada por infanticidio a
pesar de encontrarse en plena crisis puerperal. Hace dos años
que está presa en Jujuy; las mujeres reclamamos por
ella; muchas mujeres católicas nos sentimos conmovidas
por Romina Tejerina y por lo tanto pedimos su libertad y que
el derecho al aborto legal y seguro sea posible para no llegar
a estas situaciones tan dolorosas.
Las mujeres -de todos los credos y las que no tienen credo-
hemos dado suficientes muestras de cuidar de nuestra familia,
de defender a nuestros hijos e hijas en las situaciones más
terribles de persecución o de pobreza, no necesitamos
que nos digan qué podemos o debemos hacer. Somos adultas,
tenemos capacidad moral, tenemos valores y podemos decidir.
No queremos que nos digan qué es lo mejor para nuestras
vidas. Lo mejor siempre ha sido poder decidir.
Como mujeres católicas insistimos en que podemos tener
fe y creencias religiosas aunque estemos divorciadas, no queramos
tener hijos, hayamos pasado por la experiencia del aborto,
seamos lesbianas o estemos comprometidas con una militancia
de izquierda. La fe es una necesidad y es un derecho a respetar
en mujeres y hombres, que no debiera estar trabado por las
exigencias de una moral sexual que no tiene un carácter
absoluto ni indiscutible. Y en esta tarea de hacer posible
la fe con nuestras opciones personales y políticas
y con nuestra sexualidad no estamos solas. Es justo rescatar
también la acción de muchos sacerdotes, religiosas,
laicas y laicos que acompañan este proceso desde las
comunidades más pobres con un oído en el Evangelio
y otro en el pueblo. Tal vez no todos y todas lo hacen "sin
tapujos", como Quito Mariani en su libro y en sus expresiones
públicas, pero están ahí haciendo también
ellos un proceso junto a la gente.
En este aniversario del golpe militar de 1976, celebramos
vivir en democracia a pesar de todas las falencias que todavía
tiene en nuestro país, celebramos la firmeza del Presidente
para destituir al obispo Antonio Baseotto, pero también
quisiéramos celebrar la eliminación del acuerdo
con el Vaticano para que no existan más vicarías
castrenses. Porque el Estado debe ser soberano y laico para
respetar la pluralidad que somos como pueblo. Porque cada
día queremos que la democracia sea más radical,
que no se quede a mitad de camino.
Que Nunca Más se violen los derechos de humanas y humanos.
* Católicas por el Derecho a Decidir Córdoba-Argentina.
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