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| El poder
masculino se impone al cuerpo femenino cuando lo maltrata,
lo viola, lo usa sexualmente para reafirmarse como el
preminente, como el fuerte, el controlador macho y autosuficiente.
Instituciones patriarcales como la familia se han ocupado
de construir un entramado cómplice y justificativo
de esa propiedad enajenante del cuerpo femenino. |
Nuestros cuerpos: la primera conquista
Ivana Calle Rivaz
Católicas por el Derecho a Decidir
Fue su cuerpo un terreno en el que se ponen
estacas para señalar límites, como un muro en
el que se inscribe el nombre del dueño; como quien
firma un mapa en la colonia apropiándose de seres y
tierras. Así, un hombre desnudó con violencia
el cuerpo de "su mujer" para dibujar con un cuchillo
"su nombre", en "sus senos", "sus
glúteos", "sus entrepiernas"; "Sus"
porque así debió considerarlos para, nada más
y nada menos, desgarrarle la piel y dejar su nombre inscrito.
Ella no fue la primera, hubo otra víctima
a quien le hizo lo mismo. Ocurrió en Chuquisaca. Cuánto
poder simbólico tiene este hecho cuando lo vemos con
ojos que develan al patriarcado como un sistema que insistentemente
ha considerado el cuerpo de la mujer como suyo, ajeno a la
propia mujer. A lo largo de la historia, el cuerpo femenino
ha sido un "territorio" donde se han ejercido poderes
de forma violenta; desde el derecho de pernada en la época
colonial, hasta la violación masiva de mujeres en la
reciente guerra de Kosovo.
Los cuerpos de las mujeres han sido sujetos
de violencia, pero no de una violencia caprichosa, sino de
una violencia simbólica por la que se ejerce poder;
poder masculino no sólo entre hombre y mujer como "pareja",
sino incluso poder territorial y social. El poder masculino
se impone al cuerpo femenino cuando lo maltrata, lo viola,
lo usa sexualmente para reafirmarse como el preminente, como
el fuerte, el controlador macho y autosuficiente. Instituciones
patriarcales como la familia se han ocupado de construir un
entramado cómplice y justificativo de esa propiedad
enajenante del cuerpo femenino. Los cuerpos de las mujeres
han sido también satanizados como oscuros objetos pervertidores
de la moral; así se justifican muchas violaciones en
las que se culpabiliza a la mujer por "provocar"
el ataque.
Esos cuerpos también han sufrido una
descalificación condicionada por las características
biológicas femeninas; estudios antropológicos
aseguran que en muchas religiones las mujeres menstruantes
no pueden asistir a ceremonias porque se las considera sucias
e incluso malditas. Por otra parte, el hecho de que la Iglesia
Católica se niegue al uso de no hace otra cosa que
reafirmar la premisa ideológica, que el cuerpo de las
mujeres y su capacidad reproductiva es de propiedad social
y hasta divina destinada a la reproducción de la familia
y que, cualquier tentativa de autodeterminación o negación
de la maternidad atenta contra las fibras más íntimas
de la estructura social.
Así el derecho al placer, a sexualidad
libre y placentera son aún proscritos en la sociedad
e incluso minimizadas en las políticas públicas
que todavía abordan esos temas desde la perspectiva
de salud sexual y reproductiva que sin duda es prioritaria,
pero incorporar como principio "el derecho a decidir",
es un desafío que nos propone visiones y prácticas
substanciales en la construcción de una sociedad con
equidad. "El derecho a decidir" plantea el ejercicio
de poder sobre nuestros cuerpos; un poder que transgrede las
normas que hasta ahora se han traducido en violencia y discriminación
sobre el cuerpo de las mujeres.
Este es un poder que construye una individualidad
plena de autoestima y libertad y deconstruye valores y prácticas
que ven al cuerpo de la mujer no como suyo sino del "otro".
Tenemos muchas razones para ver en nuestros cuerpos el primer
espacio de construcción de potencialidades, identidades,
valoraciones y proyecciones transgresoras de los límites
y propiedades impuestas.
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