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Pensando éticamente sobre concepción, anticoncepción y aborto*1
Maria José Rosado

"Como feministas y ciudadanas defendemos, incondicionalmente, la necesidad de un Estado que sea independiente de cualquier credo religioso, para que la ciudadanía de todas las personas - mujeres y hombres - pueda realizarse". Esta ponencia presentada en un panel celebrado en el marco del Foro Social de las Américas, en julio de 2004 en Quito, Ecuador, da pie al debate sobre el derecho al aborto en la sociedad actual.

Tal vez parezca extraño, pero he pensado que la maternidad, en la forma como la sociedad la trata, deshumaniza a las mujeres, mientras el aborto - i.e., la forma como la sociedad lo trata - las humaniza. Esto es porque un embarazo es visto como si fuese "natural", resultado de un proceso en el cual pensamiento, emoción y relaciones son secundarios, frente al hecho inevitable de la capacidad biológica que las mujeres tienen de generar. ¡"Somos" madres, reales o potenciales, porque la biología nos lo permite!. En el caso del aborto, se exige pensamiento, decisión, elección. Se llevan en cuenta las relaciones en cuestión.

Reflexionando sobre esto, terminé pensando que no se puede desvincular el aborto de la maternidad. Es imposible pensar el uno sin la otra. Lo que está en cuestión es que la capacidad humana de hacer un nuevo ser es también, y al mismo tiempo, la posibilidad de hacerlo o no hacerlo. En general, asociamos la "elección" al aborto. Quien está a favor de la elección - o "pro-choice", como se dice en los EEUU - está "a favor del aborto". No se asocia "elección" a la maternidad. Porque esta no es materia de deliberación. De ahí que el aborto sea tratado como algo "contra la naturaleza" de la mujer, ¡claro!. No es pensable que sea "contra la naturaleza" el rechazo de la paternidad, como proyecto de vida, por un hombre. Sin embargo, una mujer debe explicarse cuando elige no ser madre.

Para pensar a las mujeres como seres éticos, capaces de decidir moralmente, y como ciudadanas de pleno derecho, tenemos que restituir al proceso productivo su carácter totalmente humano, es decir, retirándolo del ámbito exclusivamente biológico. A diferencia de los animales, los seres humanos pueden controlar su capacidad reproductiva, y solamente tener hijas e hijos desead@s y amad@s. Mujeres y hombres tienen la capacidad de elegir cuándo quieren tener hij@s, cuánt@s hij@s desean tener, o si no quieren tenerl@s y con quién desean criarl@s. Por eso, un embarazo no planeado, inesperado o indeseado, puede, o no, tornarse objeto de una acogida.

Afirmar la reproducción humana como elección, como resultado de una decisión, tan libre como sea posible, colocándola, al mismo tiempo, en el campo de los derechos - derechos reproductivos - nos permite entrecruzar el campo político de la ciudadanía con el campo de la ética y de la moral. Tal vez a partir de esto tengamos elementos para enfrentar, de forma adecuada, las fuerzas fundamentalistas - religiosas y laicas - que hoy parecen querer minar las bases de una sociedad justa, pluralista y democrática.

El embarazo supone reciprocidad y recreación de deseos

Traer a la vida un nuevo ser debe ser un acto plenamente humano, es decir, pensado, reflexionado. Un niño o niña debe ser desead@ y recibida para la vida. Cuando hablamos de "elección procreativa", de "maternidad y paternidad responsables" nos estamos refiriendo a la capacidad que los seres humanos - hombres y mujeres - tienen de elegir si desean o no tener hij@s.

Las características especificas del poder humano de reproducir lo asociamos, inmediatamente, a la anticoncepción y a la posibilidad de la interrupción del embarazo, del aborto. Estos términos han sido, históricamente, connotados de forma negativa. Parecen indicar la negación del deseo de concebir nuevas vidas humanas. Pero, también se pueden entender de forma contraria, como indicadores de la afirmación del valor de la vida humana, del respeto a ella, de tal forma que la continuidad de un embarazo no signifique apenas un acto biológico, de aceptación de una contingencia, sino la gestación amorosa de una nueva persona. El embarazo humano es una experiencia sui generis. Supone reciprocidad, recreación de deseos y no apenas la satisfacción de necesidades, sociales o biológicas.

Una sociedad que no ofrece a las mujeres y a los hombres condiciones para el ejercicio del acto de traer al mundo un nuevo ser, de forma plenamente humana, es una sociedad moral y éticamente cuestionable. Podemos decir que ninguna sociedad es moralmente adecuada si no se organiza para propiciar la existencia y la expansión de las posibilidades de la elección procreativa. Mientras esa elección no se convierta en un valor moral básico en la sociedad, las mujeres y los hombres no podrán actuar como seres plenamente humanos. No serán agentes morales. Esto supone la exigencia de la realización de la justicia social: la creación de condiciones en las que tod@s, en la sociedad, puedan ejercer ese derecho de optar.

Pero, las opciones que se hagan en el campo de la procreación sólo serán realmente morales, si tienen en cuenta la realidad concreta cotidiana en la que se ejerce esa capacidad humana. Por eso, aunque la generación de un nuevo ser humano siempre haga referencia a mujeres y hombres implicados en ese proceso, podemos, desde un punto de vista válido, atribuir a las mujeres un mayor poder de decisión sobre las opciones que sean tomadas en ese campo.

La maternidad es plenamente humana cuando es el resultado de una opción ética

En las circunstancias actuales, si, por ejemplo, miramos, en nuestro país, los datos de la última PNUD (Pesquisa Nacional por Unidad Domiciliar) sobre los jefes y el sustento de las familias, especialmente las de bajo poder adquisitivo, vemos que son, en gran parte, las mujeres las responsables por el apoyo económico, afectivo, físico y emocional, necesario a la sobrevivencia, crecimiento y desarrollo de l@s niñ@s.

Incluso en los países desarrollados, el hecho de que los cuerpos de las mujeres son los vehículos mediadores de la emergencia de un nuevo ser, las hace socialmente responsable por su cuidado. Agréguese a esto, el hecho de que, en la gran mayoría de los casos, las mujeres ejercen o rechazan la maternidad, en situaciones de extrema pobreza, de carencia, a veces, desesperante. En estas condiciones, a ellas se les debe atribuir la decisión sobre la manutención o no de un embarazo no planeado, ya que, en primer lugar, son ellas las que sufren sus consecuencias.

Sin embargo, es fundamental considerar que sería no solamente injusto, sino también inhumano e inmoral, exigir de las mujeres que se hagan madres, simplemente porque están dotadas de la capacidad biológica de concebir. La maternidad es plenamente humana cuando es el resultado de una elección ética y no de una imposición genética. El reconocimiento de la humanidad de las mujeres significa atribuirles a ellas el control sobre su capacidad biológica de generar un nuevo ser.

Por lo tanto, en una sociedad, actuar moralmente es extender a todas las mujeres el bien que significa la posibilidad de interferir en el propio poder creativo, y no dejarlas sujetas al capricho de un accidente biológico. Moral, en una sociedad, es reconocer a las mujeres como agentes morales de pleno derecho, con capacidad de optar éticamente, de acuerdo a los criterios socialmente aceptables como justos. Inmoral es que otros - ya sea el Estado, un grupo religioso o una Iglesia - decidan sobre lo que las mujeres pueden o no hacer de sus cuerpos, de su capacidad reproductiva.

Hace mucho tiempo que las mujeres proponen el respeto al cuerpo como un punto esencial en cualquier principio ético sobre el tratamiento de las personas. La idea de "derecho a la propiedad del propio cuerpo" o de "respeto a la integridad corporal", principio básico del feminismo, no es una simple derivación de la noción occidental de propiedad privada. Antes al contrario, refleja la experiencia de las mujeres, que necesitan mantener control sobre las condiciones de la actividad reproductiva con el fin de conducirla bien. La Plataforma Feminista afirma: "Como feministas, luchamos por libertad sexual, teniendo en el slogan "nuestros cuerpos nos pertenecen" el símbolo de la lucha feminista por el derecho a decidir sobre el propio cuerpo. Para los movimientos de mujeres brasileños, esta consigna fue una invitación a las mujeres para que se reapropiasen de sus cuerpos, tomando para sí las decisiones sobre su sexualidad y el ejercicio de los derechos reproductivos." (Nº 252).

Tensión entre valores

Sin embargo, las mujeres continúan, y continuarán todavía durante mucho tiempo, quedándose embarazadas sin que lo deseen; continuarán teniendo embarazos como fruto de la violencia, por causa de las violaciones sufridas en la calle, o en sus propias casas. Por eso, las mujeres se encuentran frente a la necesidad de tomar una decisión extremamente difícil y conflictiva: optar, o no, por la interrupción de un embarazo.

Para muchas mujeres, valores y creencias religiosas se contraponen a la posibilidad de optar por el aborto. Por este motivo, se crea una situación de tensión entre esos valores y la solución representada por el recurso al aborto. Incluso, una mujer que esté segura de la validez moral de su decisión de interrumpir un aborto, enfrenta el peso del tratamiento social de su opción. Estigma social, vergüenza y miedo están asociados a las prácticas abortivas. Existe una asociación implícita entre contracepción y comportamiento responsable, y entre la interrupción del embarazo y el comportamiento irresponsable. Además del peso de que, la mayor parte de los abortos, son practicados en la ilegalidad y en la clandestinidad. De esta forma, a las mujeres se les hace más difícil compartir sus experiencias en este campo; viven en el silencio y en el aislamiento. Aunque, en ciertas circunstancias, el aborto se presenta para ellas como la solución de un problema - un embarazo imposible de llevarse a cabo - deben hablar de él como algo trágico y lamentable.

La comprensión de la reproducción humana en su totalidad, como resultado de una elección, incluso considerándose las circunstancias reales que limitan esas elecciones, permite pensar la decisión en pro de un aborto como una decisión tan moralmente aceptable como aquella de mantener el embarazo. Por eso, es deber del Estado propiciar a las ciudadanas y ciudadanos, condiciones para la realización de sus decisiones relativas a la procreación.

Esto implica la legalización del aborto, la universalidad del acceso a la anticoncepción y al aborto seguro, realizado en condiciones dignas, así como la universalidad del acceso a servicios públicos que permitan llevar hasta el fin un embarazo deseado o asumido. Implica, por lo tanto, la toma de decisiones concernientes a las políticas públicas y, más ampliamente, al modelo de sociedad que se desea. Se trata de garantizar el ejercicio pleno de la ciudadanía, del respeto a los principios de igualdad que rigen un Estado democrático.

Carácter humano y político de la procreación

Estas ideas me parecen presupuestos para la afirmación, en el campo político, de los derechos relativos a la sexualidad y a la reproducción, como derechos de ciudadanía y como derechos humanos. El carácter eminentemente humano y político de la procreación referida, al mismo tiempo, al campo de las decisiones individuales y a las posibilidades sociales de su realización, están en relación directa con las cuestiones relativas al establecimiento de una sociedad justa. En esta misma perspectiva debe considerarse la interrupción voluntaria del embarazo. No como la realización de un deseo aislado.

Por eso, para los y las legisltador@s responsables de las orientaciones políticas del país, así como para las fuerzas organizadas de la sociedad civil, se constituye en un deber urgente, en un imperativo ético, podríamos decir, detectar y contraponerse a las múltiples formas a través de las cuales la agenda religiosa se viene articulando a los discursos laicos para impedir transformaciones en los derechos de ciudadanía de las mujeres. Con razón, la Plataforma Feminista brasileña indica como un desafío actual: "garantizar la laicidad del Estado como consta en la Constitución, respetando todas las formas de manifestación religiosa y no permitiendo que ellas interfieran en la libertad sexual ni en el ejercicio de los derechos reproductivos, por medio de la ingerencia sobre las políticas públicas. " (nº 253).

El feminismo, como movimiento político, no tiene una posición de principio contra la religión. Pero, como feministas y ciudadanas defendemos, incondicionalmente, la necesidad de un Estado que sea independiente de cualquier credo religioso, para que la ciudadanía de todas las personas - mujeres y hombres - pueda realizarse. E incluso, que el derecho de los credos religiosos funcione con libertad. Un Estado laico, libre de la religión, es condición necesaria para la libertad y la diversidad religiosa. También, es condición necesaria para la afirmación personal y pública de personas y grupos sin religión. Esa afirmación, de ningún modo, hiere nuestras adhesiones religiosas.

En este contexto, la legislación se tornó un campo de batalla crucial. En nuestro país, la Iglesia Católica, y otros grupos religiosos, han intentado adaptar las leyes a la doctrina religiosa, especialmente, en áreas que afectan el libre ejercicio de la sexualidad y de la procreación. Estos intentos, a veces con el uso de la violencia física, son indebidos y hieren el principio básico de funcionamiento de las democracias modernas. Los Estados democráticos deben asumir la responsabilidad de legislar para una sociedad diversa y plural, impidiendo que creencias religiosas influyan sobre el trabajo político, aunque se reconozca cuan profundo es el arraigo de sus valores y normas en la cultura local.

En el caso específico del aborto, imponer a una mujer, aunque sea católica o fiel de cualquier otro credo religioso, una norma que restringe su libertad es impedirle ejercer su derecho de ciudadanía. Es no respetar su capacidad moral de juzgar y decidir. Es negarle su humanidad. Cuando el feminismo propone pensar la función reproductiva en su totalidad, incluso la concepción, la anticoncepción y el aborto, como objeto de derechos - derechos de ciudadanía y derechos humanos - reconoce a las mujeres como ciudadanas y agentes morales capaces de tales decisiones. Por eso, las JONADAS BRASILEÑAS POR EL ABORTO LEGAL Y SEGURO proponen la legalización del aborto como una de las premisas de la garantía del ejercicio de la democracia y de la justicia social en nuestro país.

São Paulo, julio de 2004

*1. Este texto tiene como referencia la ponencia presentada en el Forum de la Sociedad Civil de las Américas: Nuevos desafíos de la responsabilidad política, organizado por CEPIA y CFÊMEA, en Rio de Janeiro, en septiembre de 2003, y que, en breve, será publicado.

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